En la versión 1960 de las Sociedades Bíblicas leeríamos:
«Pero no seré para él la que ha encontrado la paz».
Para mejor captar el alcance de estos versos, debemos considerar el ambiente donde surgieron. Para esto no necesitamos la erudición extraordinaria. Baste pensar que en nuestras costumbres tan poco influenciadas por el Nuevo Testamento: el «macho» exige que su novia sea virgen; que sólo él puede decir que la ha tocado, la toca y la tocará en adelante. El no quiere «cosas usadas». Pero él llega más que «usado» al matrimonio, sólo que eso en él no es desgaste, sino experiencia acumulada. Los papás y por supuesto los hermanos, cuidan mucho a la muchacha para que no «dé un mal paso» y así pueda encontrar un «buen partido». Curiosamente por los hijos varones no existe esa obsesión de cuidado.
Esta moral, por desigual se vuelve sospechosa. Es una manera de justificar. El dominio del varón sobre la mujer, es un resabio de la mentalidad arcaica, que consideraba a la mujer propiedad del marido, en el mismo plan que el buey y que el burro.
Este cuidado, por parcial, se descubre no como muestra de afecto, sino de menosprecio y de interés mezquino.
Esta situación la describe el Cantar con ironía. Ella, la mujer satisfecha sexual y afectivamente, contempla su pasado: sus hermanos se preocupaban demasiado de ella, porque no había alcanzado la madurez sexual y, por lo tanto, no era casadera. No sabían que hacer con ella, querían hacerla atractiva, pero al mismo tiempo querían cuidarla. Querían por todos los medios asegurarse con ella una buena ganancia.
Ella les ha respondido con su vida y ahora expresa esa respuesta con palabras. Ella no es negocio de nadie. Lo que ella da —su cuerpo y su cariño no es mercancía—. Ella sabe elegir y ella sabe cuidarse, pero no como propiedad de alguien, sino para poder dar amor y recibirlo.
Ella es una persona segura de sí misma, no es una tonta, ni una dejada. Ella es la que decide, ella sabe a quien ha de entregarse. Sus hermanos no tienen por qué decidir de ella.
Cuando encuentre al que ama —de hecho ya lo encontró— no lo rechazará, sino que en él hallará la paz, su plenitud, su todo ¡Por fin ha encontrado la respuesta de amor que ella deseaba! Con esto encontró la paz, ya dejará de ser como una cuidad amurallada. Ni peligros ni ataques la tendrán obsesionada.
Una vez más, el Cantar confirma la fuerza del amor, que triunfa sobre el peso de las costumbres y sobre las presiones familiares.
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