«Tu has creído por que me has visto. Felices aquéllos que creen si haber visto.» (Jn. 20, 29)
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| Dichosos los que creen sin ver… la fe es fruto de la escucha |
Claro que era difícil Creer!!!
Y en serio que era difícil digerir semejante noticia. ¿Podría ser cierto, en verdad, que Cristo resucitase? ¿Acaso no se lo vio muerto y colgado en un infame madero? Verdad que lo había anunciado… pero la desconfianza y la duda siempre fueron ásperas prendas de toda conducta humana.
¿Cómo poder creer lo que las mujeres dijeron cuando regresaron del sepulcro? Hasta sus más fieles amigos dudaron ante el informe pasado. Era, en realidad, inaudito lo que habían escuchado.
Pero al rato también, llegaron los testimonios de Pedro y Juan: vieron la tumba vacía y el sudario tendido sobre una piedra.
Tal fidedigna versión -a pesar de quienes venía- no llegó, sin embargo, a doblegar todas las mentes. Era tan grande el prodigio anunciado que a todos paralizó y en gran parte frenó la emoción y la alegría suscitada.
Para más, otra noticia al poco tiempo estalló como una tormenta en verano. Dos amigos del maestro caminando hacia Emaús se encontraron con un viajero que, por lo visto, ignoraba lo que todo el pueblo sabía. En el camino charlaron sobre el trágico suceso, y en un momento también el forastero citó con gran desparpajo pasajes de las escrituras y también de los profetas que aludían directamente a los hechos comentados.
Sus palabras y referencias ganaron sus corazones y de tal manera lo hicieron, que ya cayendo la tarde, lo invitaron a hospedarse allí mismo en el pueblo.
La noche se avecinaba. Y estando más tarde reunidos alrededor de una mesa, el invitado tomando el pan lo bendijo, y al ofrecérselo a sus anfitriones, los ojos de éstos se abrieron en forma desorbitada, quedando presos de asombro. De repente, descubrieron que su ocasional compañero era, ni más ni menos, que el Cristo resucitado. Pero al querer reaccionar, ya no estaba con ellos, pues había desaparecido.
Las mentes recalcitrantes de los otros pescadores terminaron por rendirse casi en forma total. Era imposible negarse a tales clases de pruebas.
Pero por si algo faltaba para extirpar cualquier duda, el mismo Señor en persona se apareció entre ellos cuando estaban reunidos todos en un salón de la casa. Sorprendidos y asustados, pero más que todo maravillados, ya no supieron qué hacer ni tampoco qué decir. Y así, prosternados profundamente, confirmaron su presencia. Ante ellos se encontraba quien, en varias oportunidades, predijo su propia muerte y lo que después de ella vendría. Ahí tenían la prueba de su total evidencia. Como siempre, había cumplido con la promesa que hacía.
Largo y veloz ha sido el tiempo corrido desde aquel portentoso evento. Sin embargo, hoy -lo mismo que ayer-, celebramos con gran gozo lo que otros ojos ya vieron en su histórico momento. Sólo que en esta ocasión lo vemos de otra manera, con la visión de la Fe, que no es inferior a la otra.
Somos realmente felices, pues pensamos estar entre aquéllos a los que Jesús una vez aludió cuando le dijo a Tomás: «Tu has creído por que me has visto. Felices aquéllos que creen si haber visto.» (Jn. 20, 29)
Frente a la muerte vencida hoy Cristo nos da de nuevo esperanza: «El que cree y vive en mí, no morirá jamás. Yo soy la resurrección, la luz y la vida.» (Jn. 11, 25-26
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| Tomás metió su dedo en las llagas de Cristo Cristo metió la llave de la Fe en el corazón de Tomás |

