A la mirada retrospectiva de la mujer corresponde la afirmación del hombre: para él no hay nada que valga más que ella; ni siquiera la proverbial riqueza salomónica en la que, por supuesto, va incluido el harén, puede compararse a su «viña». Lo que él posee no tiene precio; es la entrega apasionada de la amada.Es lo que dijo un trovador medieval:
«Aunque toda Messina fuese mía,yo sin ti, mujer, nada tendría»
Es lo que a su manera, muy a la mexicana, dice la canción ranchera:
¡Yo pa’qué quiero riquezas,
si voy por el mundo
perdido y sin fe!
Yo lo que quiero
es que vuelva,
que vuelva conmigo
la que se fue.
