Cuentos y reflexiones para pensar la vida con profundidad.

Cuando el amor no se contenta con soñar -CANTAR DE LOS CANTARES-

Vamos a comenzar con un gran poema de amor (5, 2; 6,3), un poema largo, que está compuesto de tres partes. La primera es un sueño de amor, la segunda es una descripción amorosa, feliz, de la belleza masculina por parte de la mujer, y la tercera es el canto reposado del cumplimiento de este amor. Pero antes de escuchar el comentario, escuchemos el texto mismo:
Estaba durmiendo
mi corazón en vela

 

cuando oigo a mi amado que me llama:

 

«Ábreme amada mía,

 

mi paloma sin mancha

 

que tengo la cabeza

 

cuajada de rocío,

 

mis rizos, del sereno de la noche».

 

— Ya me quité la túnica,

 

¿cómo voy a ponérmela de nuevo?

 

ya me lavé los pies

 

¿cómo voy a marcharlos otra vez?

 

Mi amor mete la mano

 

por la abertura:

 

me estremezco al sentirlo,

 

al escucharlo se me escapa el alma.

 

Ya me he levantado

 

a abrir a mi amado:

 

mis manos gotean

 

perfume de mirra

 

mis dedos mirra que fluye

 

por la manilla

 

de la cerradura.

 

Yo misma abro a mi amado,

 

abro, y mi amado ya se ha ido.

 

Lo busco y no lo encuentro,

 

lo llamo y no responde.

 

Me encontraron los guardias

 

que rondan la ciudad.

 

Me golpearon e hirieron,

 

me quitaron el manto

 

los centinelas de la murallas.

 

ELLA: Muchachas de Jerusalén,

 

las conjuro

 

que si encuentran a mi amado,

 

le digan… ¿qué le dirán?…

 

que estoy enferma de amor.

 

ELLAS: ¿Qué distingue a tu amado de los otros,

 

tú, la más bella?

 

¿Qué distingue a tu amado de los otros,

 

que así nos conjuras?

 

Lo primero que nos llama la atención en este poema, es que la iniciativa parte de la mujer. No es ella la cantada en estos versos, sino es ella la que expresa sus deseos, sus cuitas, sus ansias de amor. Ella es la que se regocija con la belleza del cuerpo masculino. Es el amor de ella el que contempla el cuerpo del hombre, como una obra de arte. Es ella la que se extasía ante el recuerdo de su amado. Es ella la que canta la posesión, la unión, el sosiego y la transformación que opera la unión de los cuerpos.

 

Es ella con su voz y su sensibilidad femenina, la que se descubre ante nosotros. Es ella la que vibra de alegría, o mejor dicho, es la exaltación del amor, pero visto en femenino.

 

Aquí tocamos fondo, aquí nos encontramos con algo realmente interesante, porque casi siempre, por no decir siempre, el amor es cantado en masculino. Quien dedica canciones es el novio, no la novia. De quien se habla en las canciones es de la mujer, pero en realidad son los gustos del hombre los que predominan. Quien propone el noviazgo es el hombre. La simple frase «yo soy hombre» basta para justificar entre nosotros todos los abusos, todas las perversidades, todas las brutalidades y toda clase de infidelidades contra la mujer. El papel que se le ha asignado a la mujer es pasivo y secundario. Hemos visto a la mujer como apéndice, no como igual y compañera.
En este poema sagrado es la mujer la que expresa con toda su carga efectiva, con todos sus sentimientos y con toda su capacidad, su entrega amorosa. No es la búsqueda de una satisfacción animalesca, sino el afán de compartir la vida, de dar ternura, de recibir cariño, de gozar de las maravillas de la vida junto con otra persona. No es el desahogo egoísta, sino el hambre de amor, quien entona esta hermosa canción.

 

Como vimos antes, la primera parte de este poema es un sueño de amor. Es un soñar despierta, es un soñar casi dormido, es la expresión de su dedicación total a ese amor, o para hablar con más precisión, a ese hombre amado. Toda su vida es para él, toda su preocupación va hacia él, toda ella es para él.

 

De lo que se trata no es de pasar el rato con otra persona, sino de vivir para otra persona. Esto es saber querer.

 

Lo que ella ansía es tenerlo cerca, que nadie pueda separarla de él. Lo que ella ansía es sentirse querida, lo que ella anhela es que con él le llegue la felicidad. Lo que ella desea es no ser un objeto, algo que se utiliza, se exprime y se deja.

 

Quiere oír palabras que expresen ternura y cariño, quiere verse rodeada de amor: ábreme amada mía, mi paloma sin mancha, que tengo la cabeza cuajada de rocío, mis rizos del sereno de la noche». Esto puede indicar dos cosas: una, que él ha pasado penalidades para venir a verla. Otra, que con él le llega a ella la felicidad, la bendición de Dios, porque en una tierra árida para los ganaderos y campesinos, el rocío es señal de bendición, es indispensable para su bienestar. Al menos así la entiende el Antiguo Testamento, por ejemplo Génesis 27, 28. 39.

 

El tema del sueño de amor y de la serenata a la amada no era exclusivo de Israel, por supuesto incluso frases o motivos convencionales iguales los encontramos en las canciones de amor de Egipto; pero hay que recalcar que éstas son más antiguas. Esto indica lo enraizado en la vida, lo humano de la Biblia, la cual no es fruto de una especie de telefonema del cielo o algo parecido, es fruto de un pueblo, de una experiencia de fe, de una esperanza colectiva, y esto no es hacer menos a la Sagrada Escritura, dado que la grandeza de Dios no está contrapuesta a la grandeza de sus hijos.
Por otra parte, al menos hasta ahora no hemos encontrado en las culturas del Medio Oriente un testimonio de amor femenino, tan directo, tan fino, tan lleno de entusiasmo como este poema. Este es el otro aspecto complementario de la Biblia: es el lenguaje humano, pero también es comunicación de Dios. Es fruto de la experiencia de un pueblo, pero experiencia de fe y de lealtad de Dios. No es la experiencia del que busca a Dios sino del que ha sido buscado y desafiado por Dios. Esta cercanía de Dios ha llevado al pueblo, con muchos rodeos y con mucha lentitud, a reconocer la grandeza y las maravillas de la mujer.

 

Pero volvamos al poema. Este no es sueño rosa, no es la huida de la realidad, es la expresión de todo el ser, de toda la sensibilidad de una mujer. Ella tiene miedo de perder a su amado, sabe que por sus dudas y por su culpa lo puede perder. Se da cuenta de que no está con él, de que una es la realidad y otro es el deseo. Se estremece y se angustia por no estar con él, sufre tan sólo de pensar, que a lo mejor no sabe corresponder a ese gran amor.
Por quererlo tanto, ella sabe que puede correr muchos riesgos, pueden pensar mal de ella, pueden castigarla y golpearla, pueden hacerla pasar muchas vergüenzas y, lo que es peor, puede quedarse sin él.

 

Ella sabe que las palabras son incapaces de expresar lo que siente. Ella sabe que su mal es la ausencia de su amor.

 

Estos temas también lo encontramos en las canciones de amor del antiguo Egipto, pero sólo expresados desde el punto de vista masculino.

 

La función literaria de las muchachas de Jerusalén en darle dramatismo al anhelo de la mujer, darle pie a ella, para que exprese por qué su amado es único para ella.

 

Y con esto entramos en la segunda parte del poema (5, 10-16). Es un canto al cuerpo masculino. Ella ve en él la unión de la belleza de la naturaleza y de la belleza del arte. Aquí no se nos da un retrato físico del amado, sino se nos muestra como él es visto a través de los ojos enamorados de la amada. La belleza de las plantas, de las palmas, de los metales, de la orfebrería y de la arquitectura, la destreza y la finura de todo lo que ella conoce, se encuentra en el hombre que ella quiere.

 

Es el amor que transforma, que vuelve irreemplazable al amado. Es una finura, es su vigor, es la serenidad de sus ojos en los que a ella le gusta reflejarse, los que la han hecho perder la calma. Es la dulzura de sus besos y el encanto de su persona los que le roban la calma.

 

La última parte del poema (6, 1-3). Es el canto sosegado de la consumación de ese amor, el sueño se ha convertido en realidad. La ocupación más importante del esposo es estar unido a la esposa, en quien encuentra todo su agrado. Ella es para él su jardín, es su perfume, es su flor. Ella, la que contempla y admira al amado. Ya está con él. Ella es de él y él es de ella. Han unido sus cuerpos, han unido sus vidas, han volcado uno en el otro todo el amor.
Tal vez preguntarás: ¿Y dónde está lo sagrado en todo esto? Permíteme que te conteste con otras tres preguntas:

 

¿Sabes amar con intensidad y esa pureza?

 

¿Sabes apreciar la capacidad de amor de la mujer?

 

¿Sabes darte por entero a otra persona o sólo quieres jugar con otro ser humano?

 

Piénsalo y verás, si es o no sagrado este poema, que acabas de leer.

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