Jesús era un hombre sencillo. La gente decía: es el hijo de José el carpintero. Socialmente no era más que un carpintero rural. Sus manos mostraban el documento de identidad de los pobres: los callos. Supo lo que es el cansancio del trabajo. Su rostro estaba curtido por el esfuerzo, el sol y el sudor.
Aquel carpintero de pueblo, hombre habilidoso, estaba siempre al servicio de las necesidades ajenas. Y la pobreza le obligaba a veces a salir en busca de trabajo. Por sus palabras se ve que conoce bien las faenas del campo, de la albañilería y el pastoreo.
Jesús conoce por propia experiencia lo que es la dureza del trabajo; las preocupaciones y dolores del pobre. Su amor a nosotros le hizo experimentar a fondo la vida del pobre.
Jesús era un buen obrero. Sabía que trabajando bien perfeccionaba la creación de su Padre Dios.
También nosotros pasamos la vida trabajando. Y es necesario que sepamos bien lo que significa el trabajo para un cristiano.
Ante todo el trabajo no es un castigo de Dios. No es una maldición. Lo que está maldito es el egoísmo del que trabaja sin preocuparse por sus hermanos. Y el sistema económico que explota el trabajo humano.
Dios entregó la tierra a los hombres para que la dominemos y perfeccionemos. Por eso el hombre que sabe trabajar la tierra se hace más humano y más parecido a Dios. El trabajador continúa la creación de Dios. Por eso tenemos que sentirnos orgullosos de nuestro trabajo.
