En su obra «Ser finito y ser eterno» Santa Teresa Benedicta de la Cruz ha ensayado el recorrido hacia Dios a partir de las esencias, en el modo en que vienen dadas en la correspondiente experiencia. Lo cual se complementa con la vía que parte de ese conocimiento peculiar que es la fe en el Dios que se revela y que impele a la razón a una actividad de comprensión y desvelamiento progresivos. Esta segunda vía de acceso a Dios se encuentra expuesta en el libro Caminos para el conocimiento de Dios y cabe caracterizarla como Teología simbólica, siguiendo al Pseudo Dionisio.
En relación con el primer modo de proceder, la autora hebrea advierte, en línea con San Agustín, que el devenir y la limitación de las esencias, fenomenológicamente caracterizadas, no puede provenir de ellas mismas. El propio yo humano como esencia no coincide con su ser, puesto que encuentra su esencia –su ser yo– ya existiendo cuando se identifica esencialmente como yo consciente. El comportamiento formal de las esencias en relación con los contenidos reales, que les dan concreción en el tiempo, revela una disociación que no pertenece a las esencias como tales, sino a su realización limitada. De aquí se sigue que lo que da consistencia a las esencias reales no puede tener su origen en los ejemplares que las hacen limitadas y concretas, sino que ha de trascenderlas en un Ser que se identifique plenamente y sin divisiones con lo que es:
«El conjunto del mundo creado remite a los arquetipos eternos y a los no devenidos de todo lo creado, a las esencialidades o formas puras que hemos concebido como ideas divinas. Todo ser real, sometido a la vez al devenir y al pasar, está anclado en su ser esencial. Es en la inmutabilidad de estos arquetipos donde reposan la norma y el orden del mundo creado sometido a una evolución constante. Pero esta diversidad se encuentra reunida en un ser divino infinito y único que se limita y articula en ellos para constituir el arquetipo del mundo creado».
Este ser divino es el que se revela como tal, requiriendo del hombre la entrega confiada de la fe.

Por lo que hace a la fe que busca comprenderse a sí misma (el agustiniano fides quaerens intellectum), Stein acude a la interpretación simbólica de la Naturaleza como medio para el conocimiento de Dios, prolongando las consideraciones de la Teología simbólica. Según ello, se niega la literalidad de los nombres e imágenes proporcionados por la experiencia natural, interpretando de un modo alegórico los elementos naturales para que así puedan trasladarnos a lo que excede toda noticia (Teología negativa). En este sentido, la Sagrada Escritura contiene numerosos símbolos y parábolas con los que expone el contenido de la fe, en sí mismo inefable. Así, por poner solo algunos ejemplos, la imagen del fuego que lo invade todo, lo renueva todo y procura su actuación a los cuerpos, sin ser él mismo visible ni medible, es evocación de la actuación del Espíritu Santo en el mundo. O la tinaja redonda y abierta de las bodas de Caná es símbolo de la Sabiduría soberanamente previsora, que al verterse sobre lo demás queda en sí misma. O el banquete festivo contiene una alusión al reino de los cielos.
La fe está implícita en el empleo y la interpretación de estas comparaciones, ya que tiene por objeto la Palabra única a la que las comparaciones apuntan. Y la razón solicitada por la fe encuentra su lugar, por cuanto los símbolos hacen de intermediarios entre la Palabra irreemplazable de Dios, a la que se dirige el acto de fe, y la persona humana, que la acoge y explicita pluralmente con la razón en su Verdad simplicísima:
«En nuestro contexto inmediato importa solo el hecho de la fe en sí y por sí, independientemente de iluminaciones extraordinarias, como fuente posible del lenguaje figurativo de la Teología simbólica. Cuando el salmista reflexiona las historias del pueblo elegido, como le han sido transmitidas por la historia sagrada…, entonces se imponen de por sí las imágenes de Dios como ‘padre de los huérfanos’ y ‘pastor fiel y solícito’, y también como juez encolerizado».
El modo peculiar de conocimiento que es la fe se diferencia de la experiencia originaria correspondiente en que expresa y plastifica con medios humanos a Quien es inefable e invisible. Pero este desnivel es lo que a la vez posibilita el avance en el conocimiento por fe, que nunca está colmado. Pues las palabras e imágenes en que se vierte la fe son el inicio de un proceso de cumplimiento cognoscitivo que se va recubriendo con las nuevas palabras e imágenes que el creyente encuentra en la Sagrada Escritura y a las que aplica su discernimiento interpretativo. Por otro lado, los pasos en los que se verifican esta ampliación y reconocimiento en profundidad de lo que ya ha sido identificado desde la fe no proceden solo de los usos lógico, filológico y narrativo de la razón, sino también de la experiencia sobrenatural, capaz de vivificar con un sentido hasta entonces oculto expresiones escriturísticas que antes habían sido atendidas tan solo en su literalidad significativa.
En último término, el conocimiento por fe es un itinerario cuya meta está en la experiencia directa de Dios, toda imagen y noticia trascendiendo. Y la fe no solo viene preparada por aquellos interrogantes de la experiencia natural a los que la propia razón responde solo en parte, sino que su trayecto confiado es recorrido asimismo con el auxilio de la razón, que interpreta, descifra y pone en conexión lo sabido de un modo mediato, a través de los autores sagrados, apuntando al fin a una experiencia original en la persona en que se desvela:
«La fe es un don que ha de ser aceptado. Libertad humana y divina se encuentran juntas aquí. Pero es un don que aspira siempre a más: como conocimiento oscuro e incomprensible despierta el anhelo por la claridad desvelada, y como encuentro mediato la aspiración al encuentro inmediato con Dios».
Si antes habíamos advertido desde las verdades esenciales asequibles a la razón su apertura a la fe, ahora completamos el círculo en el sentido opuesto, al mostrar que el objeto de la fe sobrenatural requiere a la razón humana para que exprese con sus medios imperfectos la Verdad suprema a la que se adhiere.
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