al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.(Antonio Machado)
Hace algunos años nos hemos embarcado en el tren de la vida. En un cierto momento nuestros padres tuvieron un encuentro divino y nos dieron vida. Para muchos, ellos todavía son testigos de lo que hacemos, para otros tienen a sus seres queridos acompañándoles desde ese regazo que todos esperamos llegar: la eternidad.
Cada ser humano es un misterio, es tan complejo que el solo observar nuestro proceso vital de nacer, crecer, reproducirnos y morir nos llevan a pensar que somos más que materia bien organizada.
Cuando recién somos concebidos, nuestra existencia no repercute más que a nuestra madre. Cuando nacemos, nacen también las esperanzas para los que nos esperaban, cuando nos vamos desarrollando podremos vivir dando vida o simplemente estar muertos en vida.
Somos pasajeros cuyo boleto no cuesta más que el saber vivir y dejar vivir a los demás.
Todos viajamos, nadie se detiene. Cada uno tiene la responsabilidad de conducir su propia historia. Solo podemos ver por el espejo del retrovisor lo que queda: «el recuerdo». No debemos de detenernos tanto tiempo mirando el retrovisor, pues delante de nosotros hay semáforos que respetar, personas que van en la misma dirección, y detrás de nosotros vienen más… y finalmente tenemos los que agotados por tanto viaje o por algún desperfecto en uno de sus órganos, descansa.
todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el marEn los años que llevo viviendo he visto nacer, he visto vivir y también morir. De los cuales tengo gratos recuerdos de mis dos abuelos (Clara y Clodomiro), quienes por medio de la sabiduría de la vida me enseñaron a confiar en mí mismo. Sé que ellos continúan en el mismo viaje que Yo, solo que ahora lo hacen en la eternidad. No siento su presencia física pero siento que están presentes en una dimensión distinta.
Un viaje sin retorno. Estaremos convencidos que en cierto momento tendremos que partir, dejar de existir. No podemos aferrarnos a lo pasajero, darlo todo para que nuestra impronta no solo quede grabado en lo material sino en el corazón de los que vendrán después. Esa huella a la que llamamos «recuerdo», no se consigue con bienes materiales, ni mucho menos con lo extraordinario; se consigue con la sencillez y lo ordinario del día a día.
Todo viaje llega siempre a su fin, la vida es el más alucinante.
Un Viaje sin retorno