En el Huerto del Amor -CANTAR DE LOS CANTARES-

Los griegos, padres de la civilización occidental, tardaron mucho, pero mucho, en reconocer la belleza de la mujer. El ideal de belleza lo encontraban en el cuerpo masculino. Las estatuas más antiguas del mundo clásico representan exclusivamente al cuerpo masculino. Tanto sus filósofos como sus oradores concedieron un lugar insignificante a la mujer.
Vámonos dejando, si ustedes quieren, de erudiciones. Vamos viendo el aquí y el ahora. En nuestras tierras, si la mujer es pobre, lo más seguro es que se le considere bestia de carga; si es rica, su función será la de un animal de lujo. La publicidad, no el arte sino el negocio del cine y los intereses oscuros que se mueven detrás de la pornografía han hecho de la mujer una mercancía. Su cuerpo se exhibe para ganar dinero, con su cuerpo se hace negocio, con su cuerpo se juega.

 

El cuerpo no es el hermano burro, el sexo no es un estorbo a la plena realización humana. El amor carnal es vida. Algo tan importante no puede ser puesto entre paréntesis en la actividad espiritual, ni puede ser considerado exclusivamente como fuente de pecado. La fe se nos ha dado no para negar el sexo, sino para salvarlo, estimarlo, disfrutarlo y saberlo gozar como regalo de Dios, y así librarnos de muchas esclavitudes y engaños. Por eso dejemos que la Sagrada Escritura nos cante la belleza del amor carnal, para poderla apreciar libres de toda inmundicia.

 

Comencemos con la lectura del Cap. 4, 1 a 5,1

 

 

«¡Qué hermosa eres, mi amada, qué hermosa eres!
tus ojos de paloma, por entre el velo;
tu pelo es un rebaño de cabras
descolgándose por las laderas de Galaad
Son tus dientes un rebaño esquilado recién salido de bañar
Cada oveja tiene mellizos, ninguna hay sin corderos
Tus labios son cinta escarlata; y tu hablar melodioso
Tus sienes, entre el velo, son dos mitades de granada
Es tu cuello la torre de David, construida con sillares
de la que penden miles de escudos
miles de adargas de capitanes
Son tus pechos dos crías mellizas de gacela
paciendo entre azucenas
Mientras sopla la brisa y se alargan las sombras
me voy al monte de la mirra, iré por la colina del incienso
¡Toda eres hermosa amada mía y no hay en ti defecto!»

 

Esta primera parte del poema es un canto al cuerpo de la mujer en el día de la boda, porque sólo entonces llevaba la mujer un velo transparente sobre los ojos, y sólo entonces llevaba la esposa suelta la cabellera.

 

El novio directamente, sin que nadie se lo pida prorrumpe en un canto de admiración por su esposa. Le dice que le fascina, proclama la razón de su encanto; son sus ojos de paloma, ojos que expresan candor por sencillez y honestidad; es su ausencia de doblez y de engaño. Esos son para él los ojos de ella, en los que él se refleja como en un remanso.

 

Es su cabellera negra y larga, es su pelo arrobador, es su pelo limpio de mujer morena. Es su dentadura sin mancha y sin defecto. Es la boca entreabierta por la sonrisa. Son sus labios rojos y finos. Es la elegancia de su cuello, es su porte y su estatura. Es su persona entera. Son sus senos juveniles, inquietos, conmovedores. Es la belleza indescriptible de sus senos. Es la mujer contemplada por alguien que sabe querer. Es la grandeza física y espiritual reconocida.

 

La amada es el monte de la mirra, la colina del incienso. Ella es el aroma de todos los perfumes. Es su abrazo el que impregna al cuerpo de perfumes. Es la contemplación de la amada lo que atiza en el esposo el fuego de su corazón, y por eso le canta así:

 

 

Ven desde el Líbano, novia mía, ven;
baja del Líbano,
desciende de la cumbre del Senir y del Hermón
de las cuevas de leones, de los montes de panteras
Me has enamorado, hermana y novia mía,
me has enamorado con una sola de tus miradas
con una vuelta de tu collar
¡Qué bellos tus amores, hermana y novia mía:
tus amores son mejores que el vino¡
y tu aroma es mejor que los perfumes
Un panal que destila son tus labios,
y tienes novia mía, miel y leche debajo de tu lengua;
y la fragancia de tus vestidos es fragancia del Líbano.

 

Lo que él le dice es demasiado claro: Ella es su fascinación, ella es irresistible. Su lejanía le resulta insoportable, pero él sabe muy bien, que el amor le dará a ella fuerza para romper todas las barreras. El amor es indomable, da valor para vencer todos los obstáculos. El amor da tenacidad, da valor, por eso puede él esperar seguro.

 

Sí, el esposo confiesa que ha sufrido la fascinación, que su corazón ha sido arrastrado por la mirada de la mujer. Su elegancia lo ha enloquecido. El se siente conmovido por ella, él se siente conquistado y no tiene vergüenza de decírselo. Para ella sólo siente ternura y añade palabra tras palabra, para ver si entre tantas logra expresar su conmoción. Le dice novia mía, hermana mía, y todavía añade ¡Qué bellos tus amores, hermana y novia mía! Eres mejor que el vino, mejor que los perfumes. Le habla de la alegría y de la suavidad que encuentra en ella.

 

Ella es como la miel pura. Ella, su cuerpo y sus caricias quitan toda amargura. En ella se encuentran todos los colores el púrpura de vino, el oro de la miel, el candor de la leche. Ella es el recreo de sus ojos, la brillantez de la naturaleza está en ella. En ella encuentra él toda la alegría. En sus besos encuentra toda la dulzura que la vida puede dar. Con ella el amado vive en un mundo de ensueño, con ella se siente transportado a otra realidad. Coronando el poema, sigue un diálogo de amor anterior, a la unión carnal:

 

 

EL Eres jardín cerrado, hermana y novia mía,
eres jardín cerrado, fuente sellada.
Tus brotes son jardines de granados
con frutos exquisitos,
nardo y enebro y azafrán,
canela y cinamono.
Con árboles de incienso, mirra y áloe
con los mejores bálsamos y aromas.
La fuente del jardín
es pozo de agua viva que baja desde el Líbano.
ELLA Despierta, viento del norte
entra, viento del sur:
orea mi jardín, que exhale sus perfumes
Entra, amor mío, en tu jardín
a comer de sus frutos exquisitos.
El Yo vengo a mi jardín, hermana y novia mía
a recoger el bálsamo y la mirra,
a comer de mi miel y mi panal,
a beber de mi leche y de mi vino
Compañeros, coman y beban,
y embriáguense, mis amigos.

 

«Eres jardín cerrado, fuente sellada», puede significar la imposibilidad de acceso a ella, como a un lugar muy reservado. Por ejemplo, Job (9, 1) hablando de Dios dice. «Manda al sol que no brille y guarda bajo sello las estrellas». Y en Deuteronomio 32:34 dice el Señor reprochando al pueblo. «Lo tengo todo esto recogido y sellado en mis archivos».

 

El novio empieza a hablar de un jardín exótico, con plantas que recogen todos los perfumes, todos los aromas que un israelita podía imaginar y que no se daban en su tierra. Usa incluso una palabra exótica: «pardés», tomada del persa, de donde viene nuestra palabra «paraíso».

 

¿Por qué usa él estas expresiones? Porque quiere decirle a la mujer que ella es el conjunto de todas las bellezas, de todos los encantos, de todo lo que el hombre puede imaginar en la vida, que en ella está todo el esplendor de la naturaleza. Le dice «fuente sellada» es decir, fuente reservada para el amado, porque ella es la que riega ese jardín soñado, ella es la que le da vida a ese mundo maravilloso, ella es el pozo de agua viva que baja desde el Líbano, ella es frescura, ella es remedio contra la aridez de la vida, de ella recibe vigor, de ella recibe alegría.

 

La amada responde a ese canto de amor. Por eso invita a los vientos más fuertes a penetrar en su jardín, para que sacudan las plantas y mezclen en un perfume único tantas esencias raras, y así entre el amado y guste de los perfumes a sus anchas. El jardín es ella, la fuente es ella, los perfumes son ella, y lo que ella quiere es que su amado goce con ella. La amada lo ha comprendido perfectamente y no duda en atenderlo.

 

 

El acepta con toda el ansia de su corazón, él acepta gozar del bálsamo y la mirra, de la miel y del panal, de la leche y del vino, o sea de todas las maravillas de la creación entera, concentradas en ella. Toda la alegría que la naturaleza puede dar se encuentra concentrada en el encanto, en el don, en la entrega de la mujer amada. Ella satisface todos sus deseos, ella es su sosiego, ella es su paz, ella es su vida. El contesta con un giro que se encuentra en el árabe clásico, por ejemplo, en «las mil y una noches» diciendo «Compañeros, coman y beban y embriáguense conmigo» o sea que ella le da a él la entrega más completa. Es la fiesta de bodas, es la reconciliación del hombre con la naturaleza, es el redescubrimiento de la alegría, es la vuelta al Paraíso, es la dicha perfecta. La ha encontrado el hombre en la belleza de la mujer, en su entrega, en su cariño, en su ternura, en su vida entera.
Ojalá amigos míos, que ustedes puedan tener ese amor, tan puro, amor que es llamarada divina.
Ojalá que ustedes puedan darse uno al otro, con todo su cuerpo, con toda su sensibilidad esta fuerza del amor divino.

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