Abbá es un término arameo, que corresponde al hebreo âb y significa papá. En el Antiguo Testamento, era una apelación desconocida para dirigirse a Dios, pero, en el Nuevo Testamento, se transformó en la invocación cristiana característica. En su agonía, Jesús dijo: “¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.” (Marcos 14,36) Por su parte, el apóstol Pablo recogió esta tradición en sus cartas: “Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, han recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar:
¡Abbá, Padre!” (Romanos 8,15) “Y, como son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gálatas 4,6) “Yo seré para ustedes un padre, y ustedes serán para mí hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso.” (2 Corintios 6,18)La fórmula, utilizada por Jesús y los primeros cristianos para dirigirse a Dios, resulta especialmente íntima y cercana. Expresa la conciencia de un Dios, con el que se podía establecer una relación directa e inmediata, debido a su absoluta cercanía. Corresponde al modo, sencillo y espontáneo, con el que un niño se dirige cariñosamente a su propio padre. Manifiesta confianza, amor, apertura, alegría y entrega. Por eso, Jesús dijo que había que hacerse como niños, para comprender el reino de Dios y participar de su realidad maravillosa. “Yo les aseguro: si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.” (Mateo 18,3) Jesús recomendó a sus discípulos: “Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino.” (Lucas 11,2)

