En relación con la persona Edith Stein conjuga el punto de partida fenomenológico en el yo-cogito-cogitata con la categoría ontológica de hypostasis, empleada por Boecio en la definición de la persona comosuppositum rationale. Partiendo de la primera consideración, la ejecución del acto consciente revela a la sustancia (hypostasis) personal como el ser duradero que en tales actos vuelve sobre sí mismo (Selbstbewußtsein). Así, pues, la sustancia no se toma aquí en el sentido aristotélico, como lo que subyace a los accidentes, sino como el sí mismo portador de la conciencia y permanente en medio de las variaciones en los actos. Con la sustancia se quiere indicar que la persona es más que la conciencia que de sí tiene. Lo vamos a mostrar en los distintos planos de su cuerpo, de su psique y de su ser personal.
En primer lugar, el cuerpo nunca es tenido como un objeto enteramente abarcable por sus distintos lados, sino que siempre le acompaña una irremediable opacidad. Cuando se es consciente de él, ya es y ya está vivo; acusa los efectos físicos y orgánicos antes de hacerse consciente de ellos; uno ha de separarse de él para observarlo mediante los rayos X o cualquier otro procedimiento… En segundo lugar, las aptitudes y facultades psíquicas se activan sin la vigilancia del yo como sujeto psíquico, sino que al alma le ocurre ver, oir… Lo cual es posible porque detrás de los actos está la realidad psíquica no transparente para sí misma (llamémosle “sustancia”) y que los lleva a cabo. Y, tercero, tampoco la persona se agota en su actualización como yo, ya que posee zonas más interiores –en las cuales está como en su casa– y zonas más periféricas o ventanas, mediante las que comunica con el exterior. Aquella parte de la persona que se hace consciente como yo representa solo un punto en el seno de su espacio personal y puede solaparse con el centro de la persona o bien encontrarse más o menos distante de él.
No por ello cuerpo, psique y persona son tres sustancias ni tres yos, sino que hay un único yo-sujeto a modo de círculo amplio, en el que residen a su vez los tres espacios concéntricos, consistentes respectivamente en el yo personal, como un punto interior, en su dilatación como yo psíquico provisto de dimensiones y en el contorno o circunferencia, que es el yo corpóreo. Cuerpo, psique y yo personal no están adosados, sino que se copertenecen, pero el centro que irradia en los otros dos y les comunica la condición subjetiva es el yo personal, que se distiende en los otros dos y los personaliza.
Por su parte, la relación entre el yo y la persona es entendida por Edith Stein como la relación entre la forma vacía y lo que le da plenitud o cumplimiento. En otros términos: lo que confiere contenido al yo es la peculiaridad personal que se expresa en él; sin este trasfondo, constituido por las dimensiones y planos de cada persona, la expresión “yo” resultaría vacía, ya que designa lo mismo en las distintas personas y en las diversas concreciones pertenecientes a cada una de ellas. La persona es, pues, portadora del yo, del alma y del cuerpo, pero es portada también por ellos, como quiera que exponen el ámbito respectivo en que cada una de ellas se despliega:
«Hemos concebido a la persona en cuanto yo, que abarca el cuerpo y el alma, ilumina por medio del entendimiento y domina por medio de la voluntad como soporte levantado por detrás y por encima de todo lo corporal-anímico o como forma de plenitud que lo une todo. Pero como hemos dicho en general que la forma vacía no puede subsistir sin llenura y esta no puede subsistir sin forma, así este hecho se hace particularmente claro. La persona no podría vivir como ‘yo puro’. Vive de la plenitud de la esencia que, sin jamás poder ser enteramente esclarecida o dominada, brilla en la vida despierta. Lleva esta plenitud y al mismo tiempo es llevada por ella como por su fondo oscuro»
El segundo acercamiento a la persona que efectúa nuestra autora es, como se dijo, de carácter ontológico y converge con el anterior. Según él, la persona es soporte o sujeto de la esencia racional (suppositum ohypostasis rationale). Aquí el término hypóstasis no es unívoco con las sustancias como soportes de accidentes, que los tienen en potencia y las determinan, sino que está en coherencia con el modo propio que tiene la persona de portar sus cualificaciones y con la singularidad de estas. Lo portado por la persona no son, en efecto, determinaciones accidentales abstractas, sino lo que está esbozado en su realidad personal –configurándola libremente y dándole cumplimiento– y estando a la vez tan singularizado como su propia realidad:
«El hecho de poseer la razón distingue a la persona de la hipóstasis en cuanto soporte de la esencia en el sentido amplio. Si existe entre las dos una diferencia verdadera –este tendrá que ser el caso si una ‘forma vacía’ y ‘su llenura’ no solo están unidas exteriormente, sino ligadas esencialmente–, entonces no solamente la naturaleza sino también el ‘soporte’ deben ser algo particular en una persona. Anteriormente hemos llamado al ‘yo’ soporte de su vida: es aquello de lo que brota la vida interior; es lo que vive en esta vida y la experimenta como suya»
Así como bajo el punto de vista fenomenológico Edith Stein llegaba desde el yo consciente al núcleo personal, en tanto que no abarcado por aquel, ahora cierra el círculo en el sentido contrario, al arribar desde la noción ontológica de hypóstasis al yo consciente, en la medida en que la singularidad no le viene a la persona de su ser sustancia, sino de ser sujeto consciente de sí.

