Hace algunos dìas he leìdo y he conversado con alguien sobre la unidad de Dios en tres personas, que el Dios verdadero o es comunicación o no es nada.
Un Dios lejano, ausente o despreocupado de las criaturas que él mismo ha puesto en vida, nos resultaría un Dios de engañito con el que más nos valdría no contar jamás para resolver cualquiera de nuestros dramas menudos o de nuestras tragedias envolventes. Nadie pide auxilio a quien ni siquiera tendrá oídos prestos a escucharnos. Nadie va a poner su estremecida confianza en quien no da esperanza alguna de echarnos una mano para sacarnos del atolladero. O Dios es el compañero amigo que va conmigo por el camino de las preguntas o más vale que me invente otro Dios que crea en mí y a quien yo le resulte el problema personal que le preocupa. Me acuerdo de aquellos versos de Leonard Cohen en uno de sus mejores poemas-canción: “Tú te abrazaste a mí como si yo fuera un crucifijo – cuando íbamos de rodillas cruzando la oscuridad”. Eso es: el cruce de la oscuridad. Que es ese mal momento en que la vida se le convierte a uno en una niebla densa por la que avanzamos dando gritos como si fuéramos pequeños bajeles que navegan a tientas y tratando de no ser embestidos por quienes van a oscuras también por el mar de la existencia.
Sinceramente yo no entiendo demasiado a ese Dios lejano que me predican muchos curas o me reafirman muchas monjitas… para mì Dios es lo màs ìntimo, lo màs sublime en cada ser humano.