Deus sive Natura: hacia una nueva comprensión de Dios, la Naturaleza y el ser humano

Una reinterpretación

Una reinterpretación contemporánea de Spinoza desde la evolución, la ciencia de la complejidad y el pensamiento de Adelmo

Autor: Adelmo Vásquez

¿Y si Dios no estuviera fuera de la Naturaleza?

Durante siglos, buena parte del pensamiento religioso occidental presentó a Dios como un ser situado fuera del universo: un creador que diseña el mundo desde el exterior, gobierna sus acontecimientos y, cuando lo considera necesario, interviene en ellos. Dios sería el autor; la Naturaleza, su obra. Dios daría las órdenes; el universo las obedecería.

Baruch Spinoza quebró radicalmente esta separación mediante una expresión tan breve como revolucionaria: Deus sive Natura, «Dios, es decir, la Naturaleza».

Para Spinoza, Dios no es un individuo sobrenatural que habita más allá del mundo. Tampoco es un monarca invisible dotado de deseos, preferencias y emociones semejantes a las humanas. Dios es la realidad infinita de la que todo cuanto existe forma parte. Los seres humanos, los animales, las plantas, los planetas, los cuerpos y las ideas no son creaciones colocadas fuera de Dios, sino expresiones finitas de una misma realidad infinita.

Esta formulación conserva todavía una enorme fuerza intelectual. Sin embargo, fue elaborada en el siglo XVII, antes de Darwin, la cosmología contemporánea, la genética, la termodinámica, la teoría de sistemas complejos y las actuales ciencias del cerebro. El desafío no consiste en abandonar a Spinoza, sino en continuar el movimiento que él mismo inició: liberar el pensamiento de los antropomorfismos y comprender al ser humano como parte inseparable de la Naturaleza.

La pregunta que orienta esta reinterpretación es, por tanto, la siguiente: ¿cómo pensar hoy el Deus sive Natura después de conocer que el universo tiene historia, que la vida evoluciona, que los organismos se autoorganizan y que la conciencia depende de procesos corporales, cerebrales, sociales y ambientales?

La revolución de la inmanencia

La primera gran aportación de Spinoza es la inmanencia. Una causa es inmanente cuando no permanece exterior a aquello que produce, sino que actúa dentro de ello. Dios no fabricaría la Naturaleza como un artesano fabrica una mesa. Dios sería la potencia misma por la cual la Naturaleza existe y actúa.

Esto significa que no hay dos realidades —una natural y otra sobrenatural—, sino una sola realidad contemplada bajo diversas formas. Nada existe fuera de la Naturaleza y nada puede sustraerse a sus condiciones.

Spinoza distingue entre Natura naturans, la Naturaleza en cuanto potencia productiva, y Natura naturata, la totalidad de formas que resultan de esa potencia. No se trata de dos naturalezas diferentes, sino de dos perspectivas: la realidad como actividad generadora y la realidad como conjunto de configuraciones producidas.

Este cambio tiene consecuencias decisivas. Si todo pertenece a la Naturaleza, el ser humano deja de ser «un imperio dentro de otro imperio». Nuestros deseos, miedos, pasiones, conflictos e ideas también son fenómenos naturales. Comprenderlos no exige condenarlos como anomalías morales, sino investigar las causas que los producen.

Aquí aparece uno de los mayores méritos de Spinoza: reemplaza el juicio inmediato por la comprensión causal. Antes de preguntar quién merece culpa, debemos preguntar qué red de condiciones hizo posible determinado comportamiento. Esto no elimina la responsabilidad; permite construir una responsabilidad más lúcida y eficaz.

Una Naturaleza que tiene historia

La ciencia contemporánea introduce un elemento que debemos colocar en el centro: la Naturaleza tiene historia.

El universo no se presenta como un escenario inmóvil y terminado. Se expande, produce estrellas, sintetiza elementos, forma planetas y genera nuevas estructuras. En determinadas condiciones, la materia se organiza en sistemas vivos. La vida se diversifica mediante procesos evolutivos y, en algunas especies, desarrolla sistemas nerviosos capaces de percepción, aprendizaje, memoria y anticipación.

Esto nos conduce a una primera evolución del pensamiento spinoziano:

> **La Naturaleza no es solamente todo lo que existe; es la potencia inmanente mediante la cual surgen, se relacionan, se organizan y se transforman todas las formas de existencia.**

La teoría de sistemas complejos estudia cómo múltiples componentes, al interactuar, pueden producir patrones globales sin recibir instrucciones de un director central. Una colonia de insectos, un ecosistema, un organismo, una ciudad o una red neuronal poseen comportamientos que no pueden comprenderse observando aisladamente uno solo de sus elementos.

La organización no siempre llega desde arriba. Puede emerger desde las relaciones.

Esta constatación no demuestra científicamente que «la Naturaleza sea Dios». La ciencia construye y contrasta modelos sobre fenómenos observables; la identificación de Dios con la totalidad natural es una interpretación filosófica. Pero la ciencia sí permite abandonar la imagen de una materia completamente pasiva que necesitaría ser movida desde fuera. La Naturaleza posee capacidades de organización, transformación y producción de novedad que pueden estudiarse sin recurrir a intervenciones sobrenaturales.

Por esta razón propongo llamar provisionalmente a esta reinterpretación Deus sive Natura in fieri: Dios, es decir, la Naturaleza en devenir.

No hablamos de un Dios que alguna vez creó el mundo y después lo observa, sino de una realidad cuya actividad creadora se manifiesta constantemente en los procesos naturales. No se trata de una creación desde la nada, ejecutada desde fuera, sino de la continua aparición y transformación de formas dentro de la propia Naturaleza.

El individuo no es una isla

La modernidad nos acostumbró a imaginar al individuo como una entidad autónoma que primero existe y posteriormente se relaciona con otras. Sin embargo, la biología, la ecología, la psicología y las ciencias sociales muestran que ninguna existencia concreta se sostiene de manera completamente aislada.

Un organismo vive gracias al intercambio permanente de materia, energía e información con su ambiente. Depende del agua, del alimento, del aire, de otros organismos y de innumerables relaciones ecológicas. El ser humano depende, además, del lenguaje, los cuidados recibidos, la cultura, la educación, las instituciones y los vínculos afectivos.

No nos relacionamos porque previamente seamos individuos acabados; llegamos a ser individuos mediante relaciones que nos constituyen.

Esto no significa que la individualidad sea una ilusión. Significa que debe ser definida de otra manera:

> **Un individuo es una organización relativamente estable que conserva cierta continuidad mientras intercambia materia, energía e información con su entorno.**

Nuestra identidad no es inmovilidad. Seguimos siendo nosotros mismos precisamente porque cambiamos de manera organizada. El cuerpo reemplaza componentes, el cerebro aprende, la memoria se reconstruye y nuestras convicciones pueden modificarse. Persistir no significa permanecer idéntico; significa conservar una continuidad a través de la transformación.

En este punto, el pensamiento de Spinoza puede dialogar fecundamente con la biología evolutiva. La vida incluye competencia, pero también cooperación, simbiosis, especialización e interdependencia. Incluso la selección natural puede operar en distintos niveles de organización. Una célula puede beneficiarse individualmente mediante una proliferación descontrolada, pero perjudicar al organismo completo. El cáncer muestra con dramatismo que aumentar una potencia local puede destruir el sistema del cual esa potencia depende.

Por consiguiente, no todo aumento inmediato de poder constituye un verdadero progreso. Una acción que fortalece momentáneamente a un individuo, pero destruye las condiciones sociales o ecológicas de su existencia, termina volviéndose contra él.

El conatus como perseverancia relacional

Spinoza sostiene que cada cosa se esfuerza, en cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser. A este esfuerzo lo denomina conatus.

No debemos imaginar que todo objeto posee una voluntad consciente. En los organismos vivos, el conatus puede reinterpretarse mediante procesos como la autorregulación, la homeostasis, la reparación, la adaptación y la búsqueda de recursos. Un ser vivo mantiene su organización respondiendo continuamente a variaciones internas y externas.

Pero esta actualización necesita añadir un aspecto fundamental: todo esfuerzo por perseverar depende de relaciones.

Ningún ser humano aumenta verdaderamente su potencia destruyendo de manera sistemática la comunidad, el ambiente o las relaciones que hacen posible su vida. El conatus no puede reducirse al egoísmo. La cooperación también puede ser una estrategia de perseverancia; el cuidado mutuo puede aumentar simultáneamente la capacidad de actuar de varias personas.

De aquí surge una primera regla ética:

> **Una potencia es constructiva cuando aumenta la capacidad de existir y actuar del individuo sin destruir las relaciones y los sistemas que sostienen su existencia.**

La ética deja entonces de ser un catálogo de órdenes impuestas desde el exterior. Se convierte en el conocimiento de las relaciones que favorecen o disminuyen la vida. Es bueno aquello que incrementa nuestra capacidad de comprender, actuar, cooperar y crear; es perjudicial aquello que nos vuelve más dependientes de fuerzas que desconocemos y no podemos gobernar.

De la determinación a la libertad

Uno de los aspectos más provocadores de Spinoza es su crítica al libre albedrío. Los seres humanos se creen libres —afirma— porque son conscientes de sus deseos, pero ignoran las causas que los determinan.

Una persona puede decir: «Yo elegí», sin reconocer cuánto influyeron en su decisión la educación recibida, el miedo, el deseo de reconocimiento, las experiencias infantiles, la situación económica, los hábitos, la publicidad o el estado de su cuerpo.

La ciencia contemporánea confirma que nuestras decisiones no aparecen mágicamente. Dependen de procesos biológicos, psicológicos, culturales y sociales. Sin embargo, esto no obliga a describir el universo como una maquinaria absolutamente predecible. Existen procesos probabilísticos, sistemas no lineales, contingencias históricas, retroalimentaciones y fenómenos emergentes.

Por ello conviene hablar de determinación compleja: todo acontecimiento ocurre bajo determinadas condiciones, pero esas condiciones forman sistemas dinámicos que pueden producir diversas trayectorias posibles.

La libertad no consiste en actuar sin causas. Un acto carente de causas no sería libre, sino inexplicable o aleatorio. La libertad aparece cuando un ser puede conocer parcialmente sus condicionamientos, evaluar alternativas, regular sus impulsos e introducir nuevas causas en su propia trayectoria.

> **La libertad es el grado de capacidad que alcanza un ser para comprender las causas que lo constituyen y participar conscientemente en la transformación de su devenir.**

No somos absolutamente libres ni absolutamente impotentes. Poseemos grados variables de autonomía. Una persona dominada por una adicción, una pasión destructiva o una manipulación que desconoce tiene menor capacidad de dirigir su vida. Cuando comprende ese mecanismo, construye nuevos hábitos, modifica su entorno y acepta ayuda, no escapa de la causalidad: utiliza unas causas para transformar los efectos de otras.

La libertad no es un milagro contra la Naturaleza. Es una conquista dentro de ella.

La mente: Naturaleza que comienza a comprenderse

Para Spinoza, mente y cuerpo no son dos sustancias independientes. Son dos maneras de comprender una misma realidad. Esta intuición resulta especialmente valiosa frente al dualismo que presenta al cuerpo como una máquina y al alma como un piloto invisible.

Las ciencias cognitivas contemporáneas estudian la mente como una actividad inseparable del cerebro, el cuerpo y el ambiente. Percibir no consiste únicamente en recibir pasivamente información. El organismo anticipa, interpreta y corrige continuamente sus modelos mediante la experiencia. La conciencia humana emerge dentro de una historia corporal, afectiva, lingüística y social.

Podemos formular filosóficamente esta situación de una manera audaz, pero cuidadosamente delimitada:

> **En el ser humano, la Naturaleza alcanza una forma local y limitada de conciencia sobre sí misma.**

Esto no es una conclusión experimental ni significa que el universo entero posea una mente humana. Es una interpretación filosófica: nosotros somos parte de la Naturaleza y nuestra capacidad de conocer también es un proceso natural. Por medio de seres conscientes, una porción de la realidad puede investigar las leyes, relaciones e historias que la hicieron posible.

Cuando contemplamos el universo, no somos espectadores situados fuera de él. Es el universo, organizado temporalmente como vida consciente, el que se contempla desde uno de sus innumerables puntos de vista.

¿Qué significa entonces la palabra Dios?

En este sistema, «Dios» no designa un objeto adicional dentro del universo. Tampoco sirve para llenar los espacios de aquello que la ciencia todavía no explica. Un dios empleado para cubrir la ignorancia retrocede cada vez que avanza el conocimiento.

La palabra Dios designa aquí, filosóficamente, la totalidad inagotable de lo real y su potencia para producir relaciones, organizaciones, vida, pensamiento y transformación.

La ciencia no demuestra esta identificación. Tampoco puede refutarla como si se tratara de una hipótesis sobre un objeto localizado en algún rincón del cosmos. Estamos ante una interpretación metafísica de la totalidad, cuyo valor debe juzgarse por su coherencia, su capacidad explicativa y sus consecuencias existenciales.

Esta concepción tampoco obliga a vaciar de profundidad la experiencia religiosa. Puede recuperar el asombro, la gratitud, la reverencia y el sentido de pertenencia, pero sin convertir la Naturaleza en una persona caprichosa ni atribuirle intenciones humanas.

La oración, desde esta perspectiva, ya no tendría que ser entendida como un intento de convencer a Dios para que suspenda las causas naturales en nuestro beneficio. Podría convertirse en un ejercicio de comprensión, reconciliación, lucidez y transformación interior. La espiritualidad no consistiría en huir del mundo, sino en aprender a habitar conscientemente la realidad de la que formamos parte.

Hacia una filosofía de la Naturaleza en devenir

Todo lo real pertenece a una única Naturaleza en devenir. Nada existe fuera de ella ni completamente aislado dentro de ella. Cada ser es una organización temporal de relaciones que procura perseverar, se transforma mediante sus interacciones y puede ampliar su libertad al comprender y reorganizar las causas que lo constituyen.

Esta formulación conserva la inmanencia de Spinoza, pero incorpora la evolución, la emergencia, la interdependencia y una concepción gradual de la libertad.

El ser humano deja de ser el centro y la finalidad del universo. Pero esto no disminuye su dignidad; redefine su responsabilidad. Somos una expresión singular de la Naturaleza, capaz de conocimiento, cooperación y transformación. Nuestra grandeza no consiste en estar por encima del mundo, sino en comprender que pertenecemos a él y actuar de acuerdo con esa pertenencia.

La pregunta decisiva ya no será: «¿Cómo puedo escapar de las causas que me determinan?». Será: «¿Qué causas actúan en mí y qué nuevas relaciones puedo construir para aumentar responsablemente mi potencia de existir?»

Por eso, la frase inaugural de esta filosofía puede ser la siguiente:

No somos criaturas colocadas dentro de la Naturaleza: somos la Naturaleza organizándose, sintiéndose, interpretándose y transformándose desde una perspectiva singular.

Referencias para profundizar

● Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, especialmente las partes I, II, III y V.

● Baruch Spinoza — Stanford Encyclopedia of Philosophy.

● Spinoza’s Physical Theory — Stanford Encyclopedia of Philosophy.

● Carlos Gershenson, “Self-organizing systems: what, how, and why?”, npj Complexity.

● Karl Friston, “Predictive coding under the free-energy principle”, Philosophical Transactions of the Royal Society B.

● Athena Aktipis y colaboradores, “Applying multilevel selection to understand cancer evolution”, PLOS Biology.

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