En una lejana región en medio de la montaña, había un pequeño templo al cual llegaban caminantes desde muy lejos. Se había corrido la voz de que lo se pidiera en ese lugar era concedido inmediatamente. Un joven se acercó a pedir que la fortuna lo acompañara. Llegó a las puertas del templo y siguió todas las instrucciones que estaban escritas en las columnas de la entrada. Se arrodilló, se tapó los ojos y repitió durante varias horas su deseo que debía ser expresado en forma clara y concisa: “deseo fortuna”.
De regreso a su casa, salió a recibirlo su padre para decirle que había ocurrido un gran incendio y todo el pueblo estaba en ruinas. El joven se llenó de indignación, había realizado un largo viaje para pedir fortuna y, al llegar, encontraba todo destruido. Su corazón ardía de rabia, pero no se paralizó, sino que decidió convocar a todos para poder reconstruir el pueblo. Hizo una lista de las necesidades, del dinero que tenían, de las herramientas y materiales con que contaban y agrupó a las personas para que realizaran diferentes actividades. De a poco, fueron reconstruyendo el pueblo. Al cabo de un tiempo, gracias a su organización, el pueblo estaba construid, y el joven, ya un hombre, fue nombrado por los habitantes, intendente del pueblo. Su primera obra en el cargo fue construir una escuela a donde llegó una maestra que, con el tiempo se convertiría en su esposa, viviendo juntos muchos años felices.
Cuando el hombre ya jubilado, murió y subió al cielo, se encontró con Dios. Allí aprovechó para hacer, personalmente, la queja por haber desoído su pedido. – Yo no estoy desagradecido, porque la vida me dio mucho y fui feliz, aunque no tuve grandes riquezas. Pero usted me falló porque no me dio la fortuna que le pedí.
-Yo no desoí tu pedido, pediste fortuna, y fortuna te di
¿Un incendio es una fortuna?
-Yono tuve nada que ver con el incendio, Yo te di la capacidad de servir a los demás.
Editorail San Pablo.
