«Vengan a mí todos los que se sienten cansados y agobiados porque yo los aliviaré» (Jesús, en Mt. 11,28)
La historia del hombre ha sido marcada desde siempre por los latidos del dolor: físico, moral, psíquico. Muchos han sido vencidos y derrotados por él, hasta perder toda la esperanza y la alegría de vivir; otros lo han soportado con melancolía, contagiando su “virus” de apatía y amargura a sus familiares y vecinos. Sin embargo, muchos también supieron dominar y hacer de él un instrumento de vida y de conquista. Aunque agobiado por el peso de la cruz y por el cúmulo podrido de todas las maldades humanas, Cristo preguntaba la esperanza de su liberación y la de todos sus hermanos en la resurrección.
El dolor, cuando se le odia como el peor de los enemigos, reduce al hombre siempre y solo a un derrotado, a un desilusionado, a un muerto. Pero cuando el sufrimiento, así como la “hermana muerte”, es vivificado por los ideales y por la esperanza, engendra almas nobles y generosas, crea héroes, mártires e incluso poetas.
Señor en ti confío
Invocación: “Señor, Dios mío, a ti levanto mi alma. En ti confío” (Sal 25,1)
Este blog es un espacio de conocimiento técnico y visión empresarial aplicada al agro. Compartimos experiencias reales, investigación práctica y estrategias sobre pastos de corte, nutrición animal, bancos forrajeros, ensilaje y producción agropecuaria rentable.
Nuestro objetivo es educar, generar confianza y aportar herramientas concretas para que productores y emprendedores tomen mejores decisiones en campo y conviertan la agricultura en un negocio sostenible.
Hoy un escriba nos sorprende con su deseo de seguir a Jesús. Los escribas suelen aparecer hostiles al Señor, pero Él no tiene prejuicios y le presenta la condición esencial del discípulo: pobreza y desprendimiento, de los que Él mismo es modelo, pues no está atado a nada ni a nadie.
El Evangelio nos presenta —a través de dos personajes— una cualidad del buen discípulo de Jesús: el desprendimiento de los bienes materiales. Pero antes, el texto de san Mateo nos da un detalle que no querría pasar por alto: «Viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre…» (Mt 8,18). Las multitudes se reúnen cerca del Señor para escuchar su palabra, ser curados de sus dolencias materiales y espirituales; buscan la salvación y un aliento de Vida eterna en medio de los vaivenes de este mundo.
Como entonces, algo parecido pasa en nuestro mundo de hoy día: todos —más o menos conscientemente— tenemos la necesidad de Dios, de saciar el corazón de los bienes verdaderos, como son el conocimiento y el amor a Jesucristo y una vida de amistad con Él. Si no, caemos en la trampa de querer llenar nuestro corazón de otros “dioses” que no pueden dar sentido a nuestra vida: el móvil, Internet, el viaje a las Bahamas, el trabajo desenfrenado para ganar más y más dinero, el coche mejor que el del vecino, o el gimnasio para lucir el mejor cuerpo del país…. Es lo que les pasa a muchos actualmente.
«Se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo». Para eso es preciso, como el Señor, el desprendimiento de todo aquello que nos ata a una vida demasiado materializada y que cierra las puertas al Espíritu.
«El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza (…). Sígueme» (Mt 8,22), nos dice el Evangelio de hoy. Y san Gregorio Magno nos recuerda: «Tengamos las cosas temporales para uso, las eternas en el deseo; sirvámonos de las cosas terrenales para el camino, y deseemos las eternas para el fin de la jornada». Es un buen criterio para examinar nuestro seguimiento de Jesús.