«Vengan a mí todos los que se sienten cansados y agobiados porque yo los aliviaré» (Jesús, en Mt. 11,28) La historia del hombre ha sido marcada desde siempre por los latidos del dolor: físico, moral, psíquico. Muchos han sido vencidos y derrotados por él, hasta perder toda la esperanza y la alegría de vivir; otros…
«Vengan a mí todos los que se sienten cansados y agobiados porque yo los aliviaré» (Jesús, en Mt. 11,28)
La historia del hombre ha sido marcada desde siempre por los latidos del dolor: físico, moral, psíquico. Muchos han sido vencidos y derrotados por él, hasta perder toda la esperanza y la alegría de vivir; otros lo han soportado con melancolía, contagiando su “virus” de apatía y amargura a sus familiares y vecinos. Sin embargo, muchos también supieron dominar y hacer de él un instrumento de vida y de conquista. Aunque agobiado por el peso de la cruz y por el cúmulo podrido de todas las maldades humanas, Cristo preguntaba la esperanza de su liberación y la de todos sus hermanos en la resurrección.
El dolor, cuando se le odia como el peor de los enemigos, reduce al hombre siempre y solo a un derrotado, a un desilusionado, a un muerto. Pero cuando el sufrimiento, así como la “hermana muerte”, es vivificado por los ideales y por la esperanza, engendra almas nobles y generosas, crea héroes, mártires e incluso poetas.
Señor en ti confío
Invocación: “Señor, Dios mío, a ti levanto mi alma. En ti confío” (Sal 25,1)
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