En el tiempo de Jesús se despreciaba a los pobres, a la mujer, a los niños, a los extranjeros. Pero Jesús respeta e iguala a todos. Manda llevarnos bien entre todos. Se une a todos tan íntimamente que forma con todos nosotros un mismo cuerpo.
La unidad de los cristianos debe estar siempre en crecimiento, lo mismo que crece el cuerpo de un niño. Jesucristo es la cabeza de este cuerpo en crecimiento que formamos todos. Cada uno de nosotros formamos una parte de este gran cuerpo social. Y cada uno tenemos una misión especial que cumplir en servicio de los demás.
Este cuerpo de Cristo es la Iglesia. Somos miembros de la Iglesia. Vivimos dentro de ella. Entendiendo bien lo que es el Cuerpo de Cristo, entendemos lo que es la Iglesia.
La primera consecuencia de la unidad de este cuerpo es que Cristo debe ser el centro de todo. El es el que manda en nuestras vidas. El señala el servicio que debemos cumplir cada uno; y nos alimenta para que lo practiquemos bien. El nos une. El es nuestra fuerza y nuestra honra. En El se apoya nuestra esperanza de triunfo.
El Cuerpo de Cristo debe crecer y desarrollarse siempre. Todos somos responsables de este crecimiento. Nuestra unidad, nuestra organización, cada vez deben ser mejores. Un cristiano no puede conformarse con una organización enana. Nuestra cabeza pide luchar por llegar a una unidad verdadera.
Unidad no quiere decir igualdad total. Cada uno tiene su misión que cumplir, lo mismo que en el cuerpo el pie, la mano, los ojos … Todos los miembros somos necesarios. Todos se ayudan unos a otros. Y especialmente ayudan a los más débiles y necesitados. Por eso es bueno lo que une a las personas y hace estar más al servicio unos de otros. Y es malo lo que desune.
El hecho de formar un solo cuerpo con Cristo da fe de que a lo largo de la historia llegará a triunfar la unidad humana. Y de que más allá de la muerte este triunfo será total.
Pensemos hoy sobre esta realidad tan linda del Cuerpo de Cristo.
