Todos sentimos grandes dificultades para poder vivir como hermanos. Necesitamos que alguien nos ayude a liberarnos de nuestro propio egoísmo y de las opresiones que vienen de fuera. Por eso hoy reflexionaremos sobre Jesucristo Libertador. Es a El a quien necesitamos.
Como escucharemos en seguida en el Evangelio, Jesús se presentó ante su pueblo como el Libertador prometido por los profetas. El no vino al mundo a salvar sólo almas, sino a las personas completas.
Libera de los pecadores de toda clase de sufrimientos. La misión de Cristo es liberarnos de todos los males y esclavitudes. Y esto lo realiza destruyendo la raíz misma de los males: el egoísmo humano, el pecado.
Jesús no quiere que nadie viva explotado. Ni esclavizado a nada, ni a nadie. El quiere que llegue a nuestro corazón la feliz noticia de que es posible nuestra liberación. Quiere que aprendamos a romper nuestras cadenas. Que abramos los ojos para ver nuestra realidad y nuestras posibilidades: ya no más ceguera.
Cristo nos quiere libres. Libres para servir. Libres para poder siempre ayudarnos los unos a los otros. Libres para poder vivir como hermanos.
Pero no habrá liberación sin lucha. El precio de la libertad es esfuerzo y sufrimiento. Ese fue el precio que pagó Jesús. Y ese es también el precio nuestro.
El primer paso a dar es liberarnos de la esclavitud de la desunión. El hombre es liberador cuando trabaja unido.
Reflexionemos, pues, este día sobre nuestras esclavitudes y la lucha por la liberación a la que nos lleva la fe en Jesucristo. Caminemos por Cristo y en Cristo hacia nuestra liberación.
