-Maestro, me siento mal meditando en un vulgar apartamento: este sitio es impuro.Usted necesita un templo.Sufro por no ser rico para poder construírselo.
-Te voy a contar una historia que va a mitigar tu dolor: Un matrimonio que vivía en una apartada región de las altas cumbres de la cordillera, a pesar de veinte años de vida común, no había tenido hijos. Sintiendo la llegada de la vejez, se paseaban tristemente por el huerto que a sus muertes sería heredado por los gusanos y el polvo. Sin que él lo supiera, ella invocó a Dios ofreciendo su vida a cambio de un vástago. Quedó encinta y dio a luz a un varón. Apenas tuvo unos segundos para ver a su hijo antes de morir. El marido se hizo cargo del bebé, lo alimentó con leche de cabra, lo lavó, cuidó, educó, amándolo con adoración. Cuando cumplió siete años, el niño enfermó gravemente. Al verlo agonizar, el padre, desesperado, invocó a Dios: “¡Oh, Dios todopoderoso, si lo salvas te prometo hacerlo monje, convertirme en peregrino hasta llegar a las sagradas aguas del gran río y bañarme en ellas! ¡Si no cumplo mi promesa, precipítame en el infierno!” ¡Su hijo sanó! El hombre lo entregó a un monasterio y partió en busca de la corriente sagrada. Caminó durante meses. Al fin divisó un río. Cuando salió de sus aguas, feliz de haber cumplido su promesa, unos campesinos que lo habían visto, estallaron en carcajadas: “¡Iluso, este no es el Río Sagrado! ¡Camina mil kilómetros hacia el norte y lo encontrarás!” Así lo hizo. Llegó a otro río, que también resultó no ser el Gran Río. Ahí le dijeron que lo buscaba era un lago. Encontró el lago: no era el Gran Río. Le indicaron una laguna. Tampoco fue lo que buscaba. Se sumergió, siguiendo erróneas indicaciones, en pozas, cataratas, riachuelos, torrentes. Nunca dio con el agua sagrada. Envejeció hasta la decrepitud, pero fue fiel a su promesa: angustiado con el infierno, siguió buscando hasta que un ataque fulminante acabó con su vida.
¡Para su gran sorpresa despertó en el Paraíso! Ante él estaba Dios, sonriendo.
“¿Cómo -preguntó- estoy aquí si no cumplí mi promesa?”
“La has cumplido -contestó Dios- todas las aguas en la que te bañaste eran El Gran Río”…
Si procedes con pureza, cualquier sitio en que medites se hará puro, gracias a tu fe. El templo que quieres construir lo llevas en el pecho: es tu Corazón.
“El corazón entrega todo lo que recibe y descansa al mismo tiempo que trabaja; a él, jamás se le ocurriría acumular. Y eso es completamente ajeno a lo que ocurre en nuestros días; se pretende trabajar mucho más de lo que se descansa, y ganar mucho más de lo que se consume”

