Al principio fue un estallido de amor, fue un borbotón de deseo incontenible. Fue una franca declaración de amor, fue la expresión de las ansias de unión corporal , fue la por siglos silenciada voz de la mujer, que pide el placer, que reclama para ella la fiesta de los cuerpos. Entonces él fue para ella un rey, entonces bebió ella algo más exquisito que el exquisito vino. Entonces fue la embriaguez de amor y el éxtasis.
«¡Eras la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta!»
¡Ah, mujer, no sé cómo pudiste contenerme
en la tierra de tu alma y en la cruz de tus abrazos!
Pero, a diferencia de esa poesía moderna, en el Cantar quien toma la palabra no es sólo el hombre, sino sobre todo la mujer. Aquí salta inesperado el anhelo de la mujer, el deseo puro del mutuo gozo amoroso.
Parece que estamos ante un regreso al Paraíso, en donde los humanos sin tapujo alguno y sin cinismo hablaban y contemplaban sus cuerpos desnudos. Parece una vuelta al Paraíso, en donde la mujer no estaba sometida al hombre.
Parece que escuchamos de nuevo un grito elemental de admiración, de frenesí, pero esta vez no de boca de Adán, sino de boca de Eva. Lo que ella dice se lo dirá también al marido. Como en el Paraíso los dos cuerpos desnudos están realmente unidos. Al deseo de ella responde el amor de él. Casi con las mismas palabras:
¡Qué bellos tus amores, hermana y novia mía;
tus amores son mejores que el vino!
Y tu aroma es mejor que los perfumes.
Un panal que destila son tus labios
y tienes novia mía, miel y leche debajo de tu lengua
(4, 10-11).
Al principio fue la irrupción de la vida, fue un hambre ardiente de dicha, que sólo él podría colmar. Fue una expresión de libertad, una toma de palabra por parte de la mujer para manifestarse como es y como quiere ser, y no como quieren que sea. Fue una alabanza al amor corporal y a todo lo que se expresa a través de este encuentro.