A la mirada retrospectiva de la mujer corresponde la afirmación del hombre: para él no hay nada que valga más que ella; ni siquiera la proverbial riqueza salomónica en la que, por supuesto, va incluido el harén, puede compararse a su «viña». Lo que él posee no tiene precio; es la entrega apasionada de la amada.
Es lo que dijo un trovador medieval:

 

«Aunque toda Messina fuese mía,yo sin ti, mujer, nada tendría»

Es lo que a su manera, muy a la mexicana, dice la canción ranchera:

¡Yo pa’qué quiero riquezas,
si voy por el mundo
perdido y sin fe!
Yo lo que quiero
es que vuelva,
que vuelva conmigo
la que se fue.

Sólo el que acepta la fuerza del amor cantado en estos dos poemas (8,6-8. 11-12), podrá aceptar la proclama libertaria de San Pablo, cuando declara, que contra el amor no hay ley que valga (Gál. 5, 22).

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