Existe una partícula de tiempo que define la historia de cada ser humano. Son milésimas de segundo que ante la percepción de los demás resultan realmente insignificantes. Trabajo, preocupaciones, cansancio, agotamiento, excusas disfrazadas de razones sólidas han sido las cómplices de este triste acontecimiento. Millones de personas a través de la historia de la humanidad han dejado pasar ese momento, y es lo que ha marcado la diferencia entre ser un rostro más en la multitud, y aquellos que dejaron su huella con sangre en la arena.
Sé lo difícil que es. Supone falta de sueño, poca remuneración, y grandes sacrificios. Hay días decepcionantes, pero a veces, en medio de todo eso, te encuentras noches como éstas, en medio de la tormenta, noches sin sueño, noches que dentro de unos años, cuando los cambios hayan sucedido, cuando realmente veamos nuestros sueños cumplidos, que tendremos la oportunidad de volver a ver hacía atrás, y decir: este fue el momento en que todo comenzó. Cuando lo improbable venció lo que era inevitable. Cuando fuimos capaces de derrotar a nuestros miedos.
Este fue el lugar, en medio de la incertidumbre y el cansancio, donde nuestra alma recobró la esperanza. Porque la esperanza no es una especie de optimismo místico motivado por la ceguera. No se trata de ignorar la tarea, ni los escollos que aparecerán en el camino. No es quedarse viendo los toros desde la barrera, o intentar escapar de las peleas. La esperanza es aquello que desde nuestro interior insiste, una y otra vez, a pesar de todos los indicios que han sido fundamentados en su contra, de que nos espera algo mejor, si tenemos el coraje de intentar alcanzarlo.
Porque es la esperanza lo que ha cambiado el mundo. Ha movido hombres y mujeres a marcar la historia para siempre. Tuvo la capacidad de hacer que un hombre cruzará el océano y descubriera un continente, de que una mujer se parara silenciosa en un bus a luchar por los derechos de sus hermanos, de poner un hombre en la luna y llegar donde nadie jamás había llegado. Es lo que marcará la diferencia entre aquellos que descubrieron lo que estaban hechos, y los que dejaron pasar esas milésimas de segundo. Y lo seguirá haciendo.Porque hoy es ese día. No mañana. No la otra semana. Sino ahora, aquí mismo. En tu casa. En la mía. Cuando todo parecía perdido. Cuando el sol estuvo a punto de caer sobre nuestra cabeza. Hoy es el día que la historia recordará con grandeza la forma en que luchamos, y sobrevivimos. Cada uno de mis hermanos, soldados y guerreros que leen estas líneas. Moviéndonos hacia adelante con todo lo que teníamos. Porque eso son ustedes para mí. Camaradas. Compañeros de batalla. Amigos que han estado conmigo a través de la sangre, el sacrificio y las lágrimas. Y a los que hoy les digo: Pase lo que pase, sigan luchando.
Fallar es un derecho, pero seguir luchando más que una obligación moral, es un derecho a seguir viviendo. No podemos dejar este mundo sin saber que dimos todo lo que teníamos a nuestro alcance por hacer realidad algo que considerábamos como un imposible. Por eso no importa como vayan las cosas, nuestra alma y mente deben cargar con nuestras piernas cuando estas no tengan fuerza. La victoria se encuentra a la vuelta de la esquina. Este es nuestro momento. La oportunidad de convertir lo ordinario en extraordinario. De superarnos a nosotros mismos. No lo dejemos pasar. Este es el momento…
Hoy escribo este post al leer el Evangelio de Lucas, cuando habla sobre la infancia de Cristo, niño que creció y se convirtió en hombre. Ese hombre – Dios que con cada una de sus acciones me ha mostrado el valor más grande que poseemos como seres humanos: La capacidad de asumir los golpes y seguir luchando. Hoy dedico este post al hombre que puedo mirar con orgullo: Mi Padre, Emiliano.
