En el judaísmo es central el concepto de que cada ser humano es creado a imagen de Dios (ver Génesis 1:27). Los rabinos de la Mishná (la versión escrita de la tradición oral milenaria) amplifican estas palabras cuando enseñan (en la Mishná del Sanedrín) que:
Salvar una vida es salvar la totalidad del mundo, porque cada vida tiene valor infinito.
Debido a que todos los humanos descienden del mismo primer ser humano, cada ser humano es igual al prójimo.
El Santísimo imprime lo Divino en cada humano; sin embargo, cada uno es diferente. Dios se encuentra en la diversidad humana y en el valor infinito de la singularidad humana.
En una elevación ulterior de la vida humana, un gran maestro, Rabí Tanhuma (segunda mitad del cuarto siglo EC, Palestina), explica: Nuestros sabios nos enseñan que cualquier acto de irrespetuosidad por otro ser humano es, en realidad, un acto de irrespetuosidad a Dios.
Pero los seres humanos no están solos. Siempre estamos en una relación. Después del Diluvio, Dios ratifica el cuidado divino a Noé—y, a través de él, a toda la humanidad. El judaísmo considera a todos aquellos que aceptan los principios básicos del respeto por la vida y el compromiso de luchar por una sociedad justa como parte del Pacto eterno con Dios (simbolizado por el arco iris). El pacto con Noe, la promesa de Dios a la humanidad después del Diluvio, consiste en siete mandamientos entregados a Noé que son vinculantes tanto para los no judíos como para los judíos. El judaísmo ve este pacto como la ratificación de la preocupación de Dios por toda la humanidad. El respeto por el valor de cada ser humano singular, y la creencia de que todos los seres humanos establecieron un Pacto con Dios y con los demás son el núcleo de la fe judía. No es necesario ser judío para ser amado por y tener una relación con Dios.
En Éxodo 19, Dios amplía el Pacto imponiendo un reclamo especial a los hijos de Israel. En el Monte Sinaí, Dios dice: “Y como os he llevado como en alas de águilas y os he traído a Mí…. Ahora, pues, si escuchareis atentamente Mi voz y guardareis mi pacto… .y vosotros Me seréis un reino de sacerdotes y una nación santa” (Éxodo19:4-6). Israel, así, se convierte en el pueblo elegido, seleccionado como socio de Dios. Si bien algunos judíos hoy rechazan el concepto de selección, todos los judíos aceptan el rol singular que Israel debe desempeñar en el mundo. Nuestra tradición es difundir, enseñar que, cuando encontramos a otro ser humano, panim el panim (cara a cara), estamos en presencia de lo Divino. Honrar y cuidar a nuestros congéneres es honrar a Dios.
Tan fundamental es este principio judío de lo que significa ser humano, que cada acción individual, cada conducta y gesto debe ser juzgada precisamente a su luz.. Nuestro pueblo lo ha comprendido desde sus comienzos. Abraham lucha con Dios por proteger a los residentes pecadores de Sodoma de la destrucción. La historia del Éxodo, que nos traslada de la esclavitud a la redención, instituye la verdad que ningún ser humano debe ser objeto de tal degradación. La experiencia histórica de los judíos como minoría oprimida, incluyendo los ataques genocidas en diferentes periodos de nuestra historia, ha fortalecido el valor de proteger la vida humana y luchar contra la injusticia. A través de los milenios, frecuentemente bajo condiciones intolerables, los judíos han mantenido vivo este valor central, ampliando constantemente su aplicación con la esperanza de que el Éxodo final libere a todos los seres humanos para que se perciban como imágenes de Dios.