Cuentos y reflexiones para pensar la vida con profundidad.

DE SAULO A PABLO de Tarso

La Iglesia dedica a san Pablo el 25 de enero, fiesta litúrgica que conmemora su conversión.
Muchos son los santos, de todas las épocas históricas y diversas culturas, que se convirtieron a Jesús, pasando del pecado a la vida santa, de la incredulidad a la fe y fueron fieles hasta la muerte, a veces hasta el martirio. Pero la «conversión» de Saulo es muy diferente y no se puede comparar con las grandes conversiones que marcan la historia de los santos. Pero a Pablo, como él mismo afirma en sus escritos (en las cartas a los Gálatas y a los Filipenses, y en la primera a los Corintios), no le gusta hablar de su conversión; la narra sólo dos veces, obligado a dar una explicación a sus interlocutores. Afirma que intentó, con todas sus fuerzas y durante toda su vida, desde la niñez a la juventud, amar y ser fiel al Dios de sus padres, observando sus mandamientos. De pronto, el Señor Jesús, muerto y resucitado, sin que Saulo lo hubiese buscado, salió a su encuentro como «luz que aleja las tinieblas» y le transformó la manera de pensar en Dios y de relacionarse con él. Le cambió el modo de valorarse a sí mismo y a los demás.
Antes de comenzar nuestro camino sobre las huellas de Pablo, intentemos aclarar el doble nombre que se da al apóstol: Saulo y Pablo. El evangelista Lucas, en su segunda obra, los Hechos de los Apóstoles, cuenta que el apóstol recibió de su familia el nombre de Saulo. Se trata de un nombre típicamente hebreo, es el nombre que llevó Saúl, el primer rey de Israel. Pero a partir del capítulo 13, versículo 9 de los Hechos de los apóstoles, es decir, cuando Saulo se encuentra con el procónsul romano Sergio Pablo, Lucas escribe que Saulo es llamado también Pablo. ¿Cuál es la explicación?
Era normal en aquel tiempo, de acuerdo con la costumbre del mundo grecorromano, que un oriental tomase un segundo nombre. Marcos, por ejemplo, se llama también Juan Marcos. Sin embargo, Lucas desde este momento llama al Apóstol solamente Pablo y no Saulo. El Apóstol en sus cartas se presenta y firma siempre con el nombre de Pablo.
Narrar la historia de Saulo/Pablo trazando su perfil espiritual y moral no es como escribir una biografía cualquiera, o narrar una crónica llena de ejemplos para imitar. No es fácil porque son casi dos mil los años de historia que nos separan de su persona, de su cultura y mentalidad religiosa, de la lengua y las costumbres de su tiempo. Pero a la vez es fascinante porque, a diferencia de tantos personajes antiguos y del mismo Jesús, para la persona de Pablo disponemos de una rica documentación procedente de él mismo, de sus discípulos y de sus imitadores. Sin embargo, las noticias que se refieren a él no deben leerse como si fuesen crónicas periodísticas actuales. Hay que comprenderlas correctamente, conociendo quién las ha escrito, a quién y por qué las ha escrito de ese modo y con esas palabras. Es decir, hay que conocer al remitente, a los destinatarios y la situación que ha provocado el escrito de Pablo o los escritos sobre Pablo.
Saulo, después de la conversión, por su modo radical de vivir la fe en Jesús y de proclamarla, sorprendía a cualquiera y suscitaba gran admiración, o, por el contrario, indignación. Muchos lo consideraban un gran enemigo de la fe judía, para otros era el gran apóstol, amigo de todos, como Jesús.
Sus enemigos decían: «es el que perseguía a los cristianos»; «es una peste», «es un tímido», «no sabe defenderse», «es un títere», «un charlatán». En cambio los amigos afirmaban: «es nuestro hermano», «es prisionero de Cristo», «es testigo de Jesús», «apóstol de Jesús», «maestro en la fe», «evangelizador»…
En nuestro camino sobre las huellas de san Pablo nos dejamos guiar por las noticias que proceden de tres fuentes importantes:
1. Las cartas escritas por Pablo mismo. Seguramente son las siete siguientes: 1ª carta a los Tesalonicenses, carta a los Gálatas, a los Filipenses, a los Romanos, a Filemón y las dos cartas dirigidas a los Corintios.
2. Las seis cartas escritas por sus discípulos: la carta a los Efesios, a los Colosenses, a Tito, las dos cartas a Timoteo, la segunda a los Tesalonicenses.
3. Los Hechos de los apóstoles, escritos por Lucas.

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