Y así nació…
Muchos echaron a suerte sobre su nacimiento, la partera y la enfermera apostaron sobre su supervivencia, pues ya eran tres días de sufrimiento continuo de la madre que esperaba ansiosamente alumbrar a este nuevo ser… Y es así como nace la historia de alguien que anónimamente inició su existencia en un pueblo relativamente alejado y casi olvidado de la zona urbana.
Ya han pasado tres días que comenzó la madre a sentir dolores de parto y no puede dar a luz. Los pobladores al enterarse del nacimiento de una nueva criatura esperaban que en cualquier momento dijeran si es hombrecito o mujercita. Pero no nacía… A medida que se retardaba el alumbramiento el sufrimiento crecía para la madre, pues o se salvaban los dos, o moría uno de ellos -ciertamente el que menos posibilidades tenía era el que recién se aferraba por asomarse a la ventana de la vida-.
La compasión tocó los corazones de los vecinos y junto al padre que esperaba ansioso ver nacer a su criatura y alegrarse junto a su esposa por haber dado continuidad a la vida… se animó, se llenó de coraje y solicitó ayuda de familiares y amigos para trasladarlos al hospital y dejarlos en manos de personas más calificadas en el sector salud.
Los pocos vecinos que unidos hicieron fuerza de muchos lo condujeron en una «camilla» a la madre, que casi inconsciente, esperaba ver nacer a su criatura. Sin embargo, había un pequeño problema la partera -Doña Clemencia-, por el camino se sentía desilusionada porque había sido la primera vez que una criatura hizo escapar a sus posibilidades de ayuda. Doña Clemencia había sido la fiel testigo de casi todos los nacimientos de la Comunidad y esta vez no se quería perder el desenlace y es por eso que acompañó todos los detalles del acontecimiento ahorrándose el sueño, quitándole importancia a su avanzada edad, apostando por ver nacer a alguien aún cuando las estadísticas iban en su contra.
Llegaron a la ciudad, cansados y seguros que el que recién iba a nacer había fenecido. Y es ahí donde surge el momento crucial de las apuestas:
Enfermera: El niño está muerto, nadie resiste tres días en esas condiciones.
Doña Clemencia: Podría apostar mi dignidad, pues te aseguro que la criatura está con vida.
Enfermera: Querida Clemencia, todas las veces he creído tus pronósticos, pero esta vez fallaste. Y Yo también te apuesto a lo que quieras… pues de esta tendrá que salir con vida solo uno de ellos.
Doña Clemencia: Entonces apostemos pues, pero no esperaré que me cuentes los resultados, porque Yo misma me quedaré a esperar y aunque no haya espacio para conciliar mi sueño, al menos podré sentir el latir de mi corazón que desde hace tres días ha abrigado esperanzas por ver a los dos con vida… pero manos la obra que si esperan más… mueren ambos!!! …y Yo no quiero perder la apuesta ni mucho menos a ellos!!!
Las enfermeras, los doctores -De los Ríos y Alfredo Triveño- hicieron todo lo posible para que todo salga bien y en poco tiempo de manera artificial extrajeron al niño. Sorpresa, estaba con vida aún. La Enfermera olvidando su apuesta salió corriendo a buscar a Doña Clemencia, la abrazó y le dijo: Clemencia, hay algo en Ti que no comprendo pero me gusta. Tú sabías que estaba vivo y me has ganado la apuesta. Ven, mira los dos están con vida y Tú ven a descansar en mi habitación.
Es así como comienza la complicada historia de este neo-nato. Corren las apuestas sobre él, antes de haber nacido. Las enfermedades encuentran presa fácil en su cuerpo debilucho. Pone en aprietos a abuelos y tíos, primos y hermanos… y pasan los años en una vida silenciosa. En sus primeros años es el hazme-reír de la familia, es al mismo tiempo un intermediario silencioso entre los abuelos peleados o los padres en sus momentos difíciles… es tímido por naturaleza, pues la familia de donde provenía es una mezcla rara de sencillez y complejidad, de fuerza y debilidad, de soberbia mesurada y simplicidad pura… de extremos encontrados.
Una de las experiencias que le chocó fue su primer día de escuela. Durante las vacaciones había reclamado ir a la escuela para tener cuadernos comos sus hermanos. Tan pronto cumplió los 5 años fue matriculado en la escuela y acompañado de mamá fue a la escuela… PERO al ver que todos los demás niños se hacían amigos entre ellos y gritaban en vez de conversar; sintió amenazada su timidez y comenzó a llorar, llorar y llorar… ese día no se quedó y regresó a casa junto a mamá. Y una vez estando en casa… armándose de valor, quería volver a la escuela. Qué dolor de cabeza, ¿verdad?
Transcurren sus primeros años en la escuela y sigue con el carácter tímido de siempre, es poco comunicativo, silencioso, parco, le gusta jugar a las escondidas y otros juegos en el que el medio ambiente se prestaba en las diferentes épocas del año, tal es el caso de jugar a «los barquitos» en el canal que pasaba a pocos metros de la escuela… los barquitos eran hechos de papel -de los propios cuadernos- y como era generoso más de una vez terminaba regalando a sus compañeros inclusive las hojas escritas… una travesura que aumentaba los dolores de cabeza a profesores y hermanos que tenían que ayudar a ponerse al día las hojas que las aguas las llevaba.
Han pasado ya los años y se va acostumbrando al ritmo escolar. Los vecinos y familiares le dan el apelativo de «gordito», por obvias razones. Hace sus travesuras de manera disimulada. De algunos se gana el cariño, mientras que de otros el rechazo.
Hace algunas semanas en una rifa de la escuela se ganó una bolsa de caramelos -y como es de imaginar cuando la suerte te sonríe aparecen los amigos anónimos-, comienza regalando a propios y extraños hasta quedarse sin nada. «Generosidad de niños es diversión de adolescentes». Pues se ha quedado con algunos entre las manos… su hermana mayor ha guardado algunos y con ellos ha logrado calmar a los ojos llorosos de este niño.
Van transcurriendo los años y silenciosamente ha capturado la atención de algunos vecinos que le han llegado a tomar cariño. Su saludo respetuoso por los caminos agrada a las personas mayores. Algunos se detienen para preguntarle quiénes eran sus padres, otros ya lo conocen por su forma agitada de caminar -por lo de gordito-, en fin ya va entrando en la historia de la comunidad.
Lo veo salir por los caminos rumbo a su hogar, su mamá lo espera todos los días en un cerrito calculando el mediodía. Llega y saluda a su mamá, almuerza y regresa nuevamente con sus hermanos a la escuela. Algunas veces se cae, otras veces solo un resbalón le basta.
Don Alcibiades que tiene su casa al borde de la carretera contempla sentado a los niños que suben y bajan a la escuela, no espera otra cosa que el saludo de «buenos días» o «buenas tardes». Una costumbre que le llena el alma porque él como otras personas quiere ver personas que se forman e informan en una escuela.
Ese niño sigue… estudiando, jugando, creciendo, madurando, haciendo travesuras y Yo lo veo tan silencioso pero que ve los fenómenos de la realidad con sus propios ojos y los va asimilando sin dejar comentarios por los caminos, sino solo se limita a ver los contrastes de los días nublados con los alegres días soleados. Compara las negras y lentas nubes de la lluvia acompañada de relámpagos y truenos con las tardes soleadas de verano. Hace algunos días se dio cuenta que después de cada noche hay una madrugada y eso le asombra. A su papá ya le ha hecho hasta hoy cuchucientas preguntas ¿por qué esto, por qué lo otro?
Ese niño sigue sacando de quicio a unos y otros. Lo conozco muy bien…
Ese niño sobre el cual se jugaron las apuestas soy Yo…