Cuentos y reflexiones para pensar la vida con profundidad.

No puedo caerle bien a todo el mundo, lo lamento

La vida es así. Cada vez entiendo un poco más de mi paso temporal por este mundo. A medida que pasan los años me he ilusionado de muchas cosas, me he desilusionado de algunas, he dejado la vigilia de mis sueños para soñar despierto. Me he enamorado mucho y más de una vez me he dado contra la pared. He creído en tantas cosas, pero ahora dudo de todo y creo en muy pocas cosas -solo que ahora a ciencia cierta-.

Soñé en algún momento de mi vida con caerle bien a todo el mundo, además de sueño era fantasía. Leyendo, me doy cuenta que tenía razón A. Lincoln:

«Se puede complacer a algunas personas todo el tiempo,
a todo el mundo algunas veces,
pero nunca a todo el mundo todo el tiempo» 


 ¡Afortunadamente!, pienso yo.

De hecho, a mi me resultan desagradables los comportamientos de algunas personas; ¡ojo! digo los comportamientos, no las personas en sí. Me parece un sentimiento de lo más normal: yo no puedo caerle bien a todo el mundo, ni todo el mundo tiene por que caerme bien a mí… De lo contrario, estaríamos creados en serie, criaturas autómatas, seres sin diferencias…, pero afortunadamente, no es así.

El problema viene porque nos empeñamos en lo contrario, es decir, sólo nos sentimos bien cuando notamos que «caemos bien».

Es difícil vivir pensando constantemente en el qué dirán, estar sometido bajo el foco de las acciones u opiniones ajenas.

  • Si eres amable, vienen las críticas de los que andan renegando hasta de su sombra. Quejándose de que por ser asequible a los demás ellos se han quedado sin amigos.

  • Si eres alegre y capaz de gastar una broma solo por ver una sonrisa en el interlocutor dicen que no eres una persona seria y mejor deberías buscar un oficio de payaso.

  • Si aceptas los mandatos de los demás habrá gente que te diga que eres un «mandoneado» y careces de personalidad.

  • Si eres crítico de la realidad en que te toca vivir porque tienes capacidad de pensar y mirar más allá de tus narices te dicen que eres un renegado y mejor abandones lo que estás haciendo.

  • Si te muestras con pensamiento abierto -liberal- te satanizan porque dicen que todo cambio es obra del diablo o no sé qué y te acusan que no tienes una meta fija y determinada , inclusive llegan a recomendarte que madures. ¿acaso el cambio no es lo único que no cambia?

  • Si te muestras conservador entonces eres un medieval -pasado de moda-, y te invitan a ser diferente porque sino, no eres el bienvenido al grupo.

  • Si piensas distinto, eres el bicho raro que envenena al grupo. PERO, pensándolo bien, Cristo fue uno de ellos. Uno de los herejes de su religión, de los que no le caía bien a todo el mundo. Además  es ese ALGUIEN que revolucionó y gracias a ello su mensaje será insuperable.

    Traigo aquí el anuncio publicitario en TV, donde un hombre hacía aerobic con un montón de mujeres y el monitor le miraba con mucha extrañeza, el anuncio decía: «A cierta edad, ya da igual lo que piensen de uno».

    Curioso slogan; pues sí, llegar a que no nos afecten ni los aplausos ni las piedras «a gustarnos», pese a quien pese, requiere aprendizaje, arte y madurez que se consigue con tiempo.

Someternos a la «criba ajena» implica paralizarnos, no avanzar e incluso desconfiar de nuestra propia actuación. Y estoy francamente convencido que: hagamos lo que hagamos, siempre habrá alguien a quien no le guste.

Un amigo me comentaba cómo le achacan que cuente demasiado «sus cosas». -No debes hacer eso- le increpan: -¡qué van a pensar!-. A lo que él les contesta: «lo mismo ayudo a alguien con mi experiencia de vida, y los que se escandalicen, pues… peor para ellos».

Partamos de nuestras diferencias, nuestra forma de ser y el momento en que a cada uno le toca vivir.
Cada ser humano vive un ritmo, un compás que no tiene por qué coincidir con el mío aunque experimentemos las mismas vivencias al mismo tiempo y en el mismo lugar. Con lo cual puede ocurrir que lo que yo haga, diga o piense, no coincida para nada con lo que hace, dice o piensa otra persona.

Entonces, ¿qué hacemos para relacionarnos con los demás y no ser egocentristas o individualistas y, sobre todo, dejar de pensar, en las críticas, en lo que los demás piensan sin dejar de ser nosotros mismos?.

Lo primero dejar de creernos personas encantadoras para el resto de la humanidad. No somos esas personas tan maravillosas que están a todo y por todos. Hay que decirse y sobre todo creerse que tenemos limitaciones, ser conscientes de que somos seres inteligentes cargados de defectos y, que a todos nos pasan las mismas cosas.

Lo segundo, confiar, creer en uno mismo, en sus propios valores y defender sus ideas por encima del qué dirán .

Más claro, salir de la mediocridad. Esto puede generar algún que otro «enemigo». Salirse de lo «normal» no es muy aceptado, y aún peor, puede ser que seamos la diana de las críticas más despiadadas y los desprecios más absurdos…, no pasa nada, seremos fieles a nosotros mismos.
Relativizar y filtrar las opiniones de los demás es la mejor receta para matizar los efectos que los juicios de los otros tienen sobre nuestra autoestima.
Se dice que los demás hacen de espejos que nos proyectan, pero hay que tener cuidado y medir en el «cristal» que cada uno se mira, puede que el espejo se encuentre biselado.

Cito aquí a la Persona por excelencia, Jesús de Nazaret. Sólo hay que repasar un poquitín su vida para darse cuenta lo mucho que realmente le importaba el qué dirán. No es que cayera muy simpático la verdad; tuvo más detractores que amigos, hasta éstos incluso le dejaron sólo al final. Sin embargo, tuvo confianza y fuerza en que lo que hacía lo hacía porque creía en ello.

Hace algunos días le comentaba a un amigo que a estas alturas de la película no me afectaba en absoluto lo que opinaran de mí los demás, salvo mi madre, creo que le contesté, pero realmente tampoco; ella, como la madre de Jesús, me imagino que piensa para sí: «este hijo mío en qué líos se mete», pero me quiere y me acepta tal y como soy.

Muchas veces esperamos «señales del más allá» para seguir el camino y no nos damos cuenta que las señales las llevamos dentro.

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