Contigo quiero hablar, y de qué otra cosa puedo hablar sino de Ti. Porque ¿Podría existir algo que no tuviera desde la eternidad su patria y su último fundamento en Ti, en tu Espíritu y corazón? ¿Acaso no son siempre mis palabras una expresión que se refiere a Ti? Pero cuando hablo contigo, de Ti, queda y tímidamente, entonces percibes Tú otra vez una palabra sobre mí mismo, sobre aquél que, sin embargo, quiere hablar de Ti. Porque, ¿qué podría decir de Ti, sino que Tú eres mi Dios, Dios de mi principio y fin, Dios de mi alegría y de mi indigencia, Dios de mi vida? Sí, inclusive cuando te reconozco como Aquel que no necesita de mí, que se encuentra lejos y elevado sobre todos los valles por los cuales se arrastran los caminos de mi vida, entoinces nuevamente te he llamado el Dios de mi vida.