“Yo soy la Verdad”

La experiencia mística permite sentir lo que podríamos llamar “la democracia de lo divino”, tan cercana al mensaje original de Jesús. Permite sentirse Dios y afirmar “Yo soy Dios”. No necesariamente nace este sentimiento de la arrogancia ni de la locura, sino de un nivel de conciencia donde el “yo” y el “tú” se disuelven y se experimenta una completa identificación con el Todo, con el Uno, con la Realidad Última, con quien llamamos Dios.

En su libro “El harén en Occidente”, la escritora marroquí Fatema Mernisi relata una singular historia que ejemplifica lo escandaloso de esta experiencia religiosa, en este caso en el contexto del Sufismo, la rama mística del Islam:

En el año 915 la policía abasida arrestó a Hallaj, un conocido sufí, por proclamar públicamente en las calles de Bagdad algo que debía haber mantenido en secreto: “Yo soy la Verdad”. Como la Verdad es uno de los nombres de Dios, Hallaj fue declarado hereje. El Islam insiste en separar de modo tajante lo divino y lo humano, pero Hallaj creía que si te concentras en amar a Dios desde tu condición humana es posible confundirse con el propio objeto del amor, es decir, la divinidad misma. En efecto, Hallaj se declaró hecho a imagen y semejanza de Dios con lo que perturbó la rutina de la policía abasida, pues al arrestarle estaban agrediendo a Dios mismo. Murió en la hoguera en marzo de 922. También incomodó a la policía abasida con otro de sus dichos famosos: “Yo soy aquel a quien amé, y ése que yo amé es yo mismo”.

¿No recuerdan estas frases muchas de las atribuidas a Jesús en el evangelio de Juan, un texto originado en comunidades gnósticas-místicas? Lo grave es haber petrificado estas expresiones de la conciencia humana en doctrinas y en dogmas en los que se exige creer.

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