La experiencia mística permite sentir lo que podríamos llamar “la democracia de lo divino”, tan cercana al mensaje original de Jesús. Permite sentirse Dios y afirmar “Yo soy Dios”. No necesariamente nace este sentimiento de la arrogancia ni de la locura, sino de un nivel de conciencia donde el “yo” y el “tú” se disuelven y se experimenta una completa identificación con el Todo, con el Uno, con la Realidad Última, con quien llamamos Dios.