Hay jornadas que son absolutamente agotadoras, donde nos suceden mil imprevistos, cuando la mente se agota resolviendo las cuestiones más complejas (lo digo porque estoy en mis exámenes de fin de ciclo), mientras el cansancio se convierte en un asunto integral y el cuerpo clama por esa cama blanda convertida en tibio y anhelado refugio.
Ayer culminé el lunes casi destruido. Llegué a mi habitación, me dirigí al dormitorio, me quité la ropa -que fue a parar al destino que dispuso el azar-, me mezclé con las sábanas, tomé la autopista de mis sueños y aceleré con destino a mi bello mundo de ilusión.
Cuando una sonrisa de satisfacción se dibujaba en mis labios, sentí que alguien me llama por mi nombre a la vez que me toca el hombro.
– Adelmo, vamos, levántate, es hora de partir.
Yo pensé que era un pequeño escollo con el que había topado camino a mis sueños y acomodé mi cabeza sobre la almohada.
– Vamos, Adelmo, estoy cansado. Hay que marchar, ya se está haciendo tarde.
Ante esta nueva interpelación, me di la vuelta y al hacerlo encontré sentado al borde de mi cama a un hombre con inmensas ojeras, la tez amarilla como si estuviese padeciendo de una pancreatitis terminal, todas las arrugas del mundo se habían apoderado de su cara… espantosamente descriptible!!!
– ¿Usted quién es? – le pregunté un poco asustado.
– No empecemos con el jueguito de las preguntas! ¡Eso me pone loco! -exclamó el extraño.
– ¡Qué loco ni loco! Esta es mi habitación y yo a usted no lo conozco. Luego usted es un extraño que entró subrepticiamente a mi hogar con la intención de robarme o quizá pretendiendo algo peor.
– Acertaste, Adelmo.
– Usted va a robarme -añadí.
– No, es algo peor.
– No me diga que va a golpearme o me va a disparar…?
– No, nada de eso.
– ¿Entonces qué? -interrogué nuevamente.
– Entonces dejemos este estúpido diálogo y acompáñame!. Soy el representante de la muerte, su taxista que ha venido a buscarte y estoy cansadísimo.
– ¡Como va a ser el representante de la muerte! Recién voy a cumplir veintiocho años, tengo un estado físico perfecto, acabo de hacerme un chequeo y el médico me dijo que todo estoy bien (traté de disimular).
– Tu médico es un mentiroso o un ignorante. Acabas de sufrir un infarto masivo y tu vida ya fue.
– Discúlpeme, señor, con todo el respeto que se merece, a mí no me dio nada. Compruebe mi pulso, el ritmo de mi corazón, está como de enamorado.
El taxista-de-la-muerte me miró detenidamente, sorprendido por el espectacular pulso de mi mano. Saca una libreta de apuntes, llena de nombres y fechas y me pregunta.
– ¿Usted es Adelmo Blazquez?
– No, señor. Yo soy Adelmo Vásquez.
– ¡No puede ser! ¡No puede ser! Era el último y a la cama y ¡me equivoco! -se lamentó el chofer-mortal mientras un lagrimón se escapaba de sus ojos rojos y hundidos.
– Bueno, señor, no se ponga así, un error lo tiene cualquiera.
– No, esto no puede ser. ¡Es la quinta vez que me pasa en la semana! ¡Es el mobbing! ¡Mis jefes me están volviendo loco!
– ¿Qué es eso del mobbing? -le pregunté.
– Hostigamiento laboral. ¡Esos avaros de los de arriba, cada vez me dan más trabajo! Suprimieron la oficina de muertes violentas y triplicaron mi responsabilidad. Todavía me quedan dos años para jubilarme.
– Mi amigo, yo creo que usted ha pasado la edad jubilatoria.
– No, los choferes nos jubilamos a los doscientos años y yo recién cumplí ciento noventa y ocho. ¡Ay, que cansado que estoy! ¡Encima se me pinchó una rueda del taxi que estacioné abajo y no tengo herramientas ni fuerzas para cambiarla.
Le miré piadosamente a esa masa informe, amarillenta, llena de arrugas, con pelo ralo, lloriqueando. Haciendo gala de mi natural generosidad le dije:
– Mire, yo puedo irme a dormir a la casa de mi novia. Tome mi cama, descanse. Con un amigo le arreglamos la rueda del taxi y cuando esté repuesto vuelva a su trajín. Cuando se vaya deje las llaves debajo de la alfombra.
– ¿Usted haría eso por mí? -me preguntó el chofer del taxi de la muerte.
– Por supuesto. Descanse. Yo me encargo de todo.
– ¡No sabe cuánto le agradezco!
– No es nada, adiós y suerte -me despedí.
Con un amigo cambié el neumático averiado del taxi, y me dirigí a la casa de mi novia ESPERANZA.
– ¿Qué hacés a esta hora aquí, Adelmo? ¡Son las dos de la mañana! –me dijo Ella.
– Tuve un impulso irrefrenable por verte, mi amor. ¡Quiero estar contigo hasta que la muerte nos separe!
La tibia cama de Ella y la ternura de sus besos sepultaron en el olvido al chofer-mortal y sus amarillentas arrugas. Temprano en la mañana volví a mi habitación. Debajo de la alfombra estaba la llave. Abrí la puerta y sobre la mesa de mi escritotio una nota: “Estimado Adelmo: Gracias por la hospitalidad. Consulté mis anotaciones y todavía tendrás vida. Perdón por el pequeño error. Un abrazo. El chofer de la muerte”.
Pequeño error? Este está loco, por poco me mata.
Y señor desconocido, le advierto que si la próxima vez que se vuelve a equivocar de esa manera lo va a pagar muy caro! no me gustan para nada las muertes repentinas.Déjame vivir en paz esta vida… basta de pesadillas!!!
La tibia cama de Ella y la ternura de sus besos sepultaron en el olvido al chofer-mortal y sus amarillentas arrugas. Temprano en la mañana volví a mi habitación. Debajo de la alfombra estaba la llave. Abrí la puerta y sobre la mesa de mi escritotio una nota: “Estimado Adelmo: Gracias por la hospitalidad. Consulté mis anotaciones y todavía tendrás vida. Perdón por el pequeño error. Un abrazo. El chofer de la muerte”.