Chiclayo, 4:18 p. m.
Matías salió a “comprar una cosita” y regresó con tres bolsas, un antojo satisfecho y la cuenta bancaria con expresión de derrota.
Entró a la casa y anunció:
—Mamá, la vida está carísima.
La mamá lo miró como se mira una excusa con traje.
—¿Qué compraste?
—Nada… o sea, cositas.
—Las “cositas” son el impuesto invisible de los inmaduros —respondió ella—. Siéntate.
Matías se sentó. Como buen ciudadano de la modernidad, pensaba que el dinero se iba por “la economía”, “el país”, “los precios”. Nunca por decisiones de 5 soles repetidas 40 veces.
En ese momento apareció Don Eusebio, el hombre del emoliente y de las verdades sin anestesia. Traía una bolsita con hierbas y un radar de incoherencias.
—Buenas tardes —dijo—. ¿Qué cara es esa?
—Don Eusebio, no me alcanza la plata.
—A ver… ¿no te alcanza o no te administras? Son diagnósticos distintos.
Matías suspiró.
—Me administro… más o menos.
—“Más o menos” es el mejor amigo del déficit —dijo Don Eusebio—. Muéstrame tu billetera.
Matías se incomodó.
—¿Mi billetera?
—Sí. La billetera es como el corazón: donde va tu dinero, va tu atención.
Matías sacó la billetera. Estaba flaca. Pero no de dieta saludable, sino de mala gestión.
Don Eusebio se puso serio, con tono de consultor:
—Vamos a hacer una auditoría express. ¿Cuánto ganaste este mes?
Matías dijo una cifra.
—¿Cuánto ahorraste?
—Bueno… este…
—No me digas “bueno”. Dime el número.
—Cero.
La mamá no sonrió. Solo levantó una ceja. Ese gesto era un Excel emocional.
Don Eusebio continuó:
—¿En qué se fue?
Matías abrió las manos.
—En cosas… transporte, comida, cosas.
—Exacto: “cosas”. El cementerio del dinero.
Don Eusebio pidió un lapicero y una hoja. Dibujó un bolsillo.
—Mira, tu problema no es poco ingreso. Es bolsillo roto. Se te va la plata por goteras pequeñas:
un delivery “por comodidad”, un gusto “porque me lo merezco”, una compra “por oferta”, una salida “para despejar”.
Matías intentó defenderse:
—Pero son montos pequeños.
Don Eusebio se rió suave:
—Justamente. Lo pequeño es peligroso porque nadie lo vigila. Una fuga grande se ve. Una fuga pequeña se vuelve costumbre. Y la costumbre es la contabilidad del carácter.
La mamá añadió:
—Y también compras cuando estás estresado.
—No es cierto.
—Claro que sí —dijo ella—. Cuando estás triste compras; cuando estás ansioso pides delivery; cuando estás aburrido abres el celular. Todo te cuesta dinero o tiempo.
Matías bajó la cabeza. No por derrota, sino por reconocimiento.
Don Eusebio se inclinó un poco:
—Te voy a dar una regla simple: no se ahorra lo que sobra; sobra lo que se ahorra.
—Suena bonito —dijo Matías.
—No es bonito. Es brutalmente cierto.
Luego trazó tres columnas en la hoja:
Necesidad Deseo Ego
—Todo gasto cae en una de estas. El problema es que tú llamas “necesidad” a lo que en realidad es “deseo con urgencia”.
Matías miró la hoja como quien se mira al espejo.
—¿Entonces qué hago?
Don Eusebio levantó el dedo:
—Plan de 7 días. Corto y ejecutable.
Anota cada gasto (sí, cada uno). Regla 24 horas: nada “por impulso”. Sobre de ahorro: separa apenas recibes, aunque sea poco.
Matías dudó.
—¿Y si es poco?
—Si es poco, es más importante —dijo Don Eusebio—. Porque el objetivo no es el monto; es el hábito. El hábito te convierte en alguien confiable. Y la vida solo le confía más a los confiables.
La mamá apoyó la idea:
—Además, el ahorro te da paz. Y la paz vale más que un antojo.
Matías miró su billetera. Luego su celular. Luego la hoja. Y por primera vez vio el mapa: no era un problema económico, era un problema de gobierno interno.
—Don Eusebio… ¿y si un día me caigo?
—Te vas a caer. Pero la diferencia entre un adulto y un niño es esto: el adulto corrige rápido. El niño se justifica.
Matías respiró hondo y dijo algo inesperado:
—Hoy empiezo.
—Excelente —respondió Don Eusebio—. Y ahora, como acto simbólico, me vas a invitar un emoliente… pero sin deuda emocional.
Matías soltó una risa real. No la risa del meme, sino la risa de quien empieza a recuperar el control.
Antes de irse, Don Eusebio remató con una frase de cierre, de esas que parecen proverbio y funcionan como estrategia:
—El bolsillo roto no se cose con suerte. Se cose con disciplina.
Y Matías entendió que la libertad financiera comienza con una decisión pequeña: dejar de premiar el impulso y empezar a honrar el propósito.
Dos finales posibles
Final A (cambio sostenible):
Matías cumple 7 días, luego 30. Su “sobre de ahorro” crece poco, pero crece. Lo más importante: su autoestima se fortalece, porque ahora hace lo que dice.
Final B (la lección dura):
Matías mejora una semana y luego vuelve al impulso. Llega una emergencia y se da cuenta de que no tenía colchón. Entiende que el ahorro no es lujo: es protección.
Y tú…
¿Cuál es tu “gasto pequeño” más peligroso: delivery, antojos, compras por oferta, o suscripciones que ni usas?


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