En Chiclayo, a esa hora en que el calor parece haber hecho un pacto con el asfalto, Don Eusebio —un señor de sombrero firme y paciencia variable— vendía emoliente en una esquina. Su negocio era sencillo: vaso caliente, frase sabia, y una mirada que te decía “hijo, yo ya vi cómo termina esa novela”.
A tres metros de él, en la banca de un paradero, estaba Matías, un muchacho inteligente con un talento especial: podía perder dos horas “cinco minutos más”. Tenía el celular en la mano como quien sostiene un rosario… solo que aquí el rosario tenía notificaciones y el “amén” era un scroll infinito.
Matías había prometido tres cosas esa mañana:
- ayudar en casa,
- avanzar una lectura,
- hacer una oración breve.
Y como todo buen estratega de la postergación, había decidido hacerlas “más tarde”, porque “más tarde” suena a plan y no a excusa.
Don Eusebio lo miró sin prisa.
—Joven, ¿espera a alguien?
—No… estoy… viendo algo.
—Sí, te creo. El mundo se está acabando en tu pantalla desde hace quince minutos y no te has levantado a salvarlo.
Matías sonrió por compromiso, sin despegar los ojos del teléfono.
—¿Sabe qué pasa, Don? Me distraigo.
—No te distraes. Te administras mal. La distracción es un accidente; lo tuyo ya es logística.
Matías soltó una risa corta.
—¿Y cómo se arregla eso?
—Primero hay que identificar al ídolo.
Matías levantó la ceja.
—¿Ídolo?
—Claro. Antes era un becerro de oro. Ahora es un rectángulo con Wi-Fi. Igualito: te promete seguridad, te da entretenimiento, y te cobra la vida en cuotas.
Matías quiso discutir, pero justo le llegó una notificación. Su dedo obedeció antes que su conciencia. Don Eusebio no se ofendió. Los expertos en humanidad no se sorprenden: toman nota.
—Mira —dijo el vendedor—, te propongo un experimento empresarial: “auditoría del alma”.
—Suena fuerte.
—Es simple. ¿Qué es lo que más consumes? Tiempo. ¿Qué es lo que menos controlas? Tiempo. Eso en cualquier empresa se llama fuga.
Don Eusebio le sirvió un emoliente a una señora y siguió:
—Te doy tres preguntas, como indicadores clave de desempeño (KPI) para la vida:
- ¿Qué te está robando la atención?
- ¿Qué te da paz cuando lo haces?
- Si hoy fuera el último día de tu semana, ¿qué te daría vergüenza no haber intentado?
Matías, por primera vez, apagó la pantalla. No la guardó. Solo la apagó, como quien baja el volumen a una música que ya estaba controlándolo.
—Yo quería ir a Pátapo a ver a mi abuela… pero me da flojera el viaje.
—La flojera es mala consejera: te vende comodidad y te compra arrepentimiento.
—También tengo que ayudar en casa.
—Y eso te construye. La casa es la primera empresa. Si ahí no hay responsabilidad, afuera solo hay actuación.
Matías tragó saliva. No por el emoliente. Por la verdad.
—Don, ¿y si me esfuerzo y no me sale?
—Eso es miedo con corbata. Mira, hay una cosa que aprendí: Dios no suele hablar en el espectáculo. A veces habla en lo pequeño. En el silencio. Como cuando Elías esperaba el terremoto y el fuego… y vino una brisa suave. Si no haces silencio, no lo escuchas.
El paradero se llenó de gente. Un mototaxi pasó con música fuerte. Un señor gritó “¡hay oferta!”. Chiclayo seguía siendo Chiclayo.
Matías miró su celular apagado y dijo:
—Entonces… ¿lo dejo?
—No dramatices. No se trata de odiar la herramienta. Se trata de recuperar el mando. El celular es buen siervo y pésimo amo.
Don Eusebio se inclinó un poco y bajó la voz, como quien revela una estrategia:
—Te propongo un pacto de 24 horas:
- antes del celular, una oración corta;
- antes del entretenimiento, una responsabilidad;
- antes de dormir, una gratitud.
Matías asintió. Y en ese momento, como si el universo quisiera ponerle examen inmediato, sonó el celular (la alarma de un grupo, porque siempre es un grupo). Matías respiró. No lo tomó. Y ese pequeño gesto fue una revolución silenciosa.
—Ya está —dijo Don Eusebio—. Eso se llama libertad.
Matías se levantó.
—Voy a Pátapo.
—Bien. Ve a ver a tu abuela. La presencia vale más que la opinión de internet.
Matías caminó unos pasos y se detuvo.
—Don Eusebio… ¿y si mañana vuelvo a caer?
—Entonces mañana vuelves a empezar. La santidad no es un salto perfecto; es una dirección correcta.
Matías se fue. Don Eusebio lo vio alejarse, y como buen filósofo de esquina, remató para sí:
—Si el becerro de oro tenía Wi-Fi, al menos que la fe tenga disciplina.
Veamos cómo acaba la cosa
Final A (victoria discreta): Matías llega a Pátapo, abraza a su abuela, la ayuda a regar sus plantas, y antes de irse reza con ella. En el camino de regreso, el celular sigue ahí… pero ya no manda.
Final B (lección fuerte): Matías decide “solo revisar un minuto” antes de salir y se le hacen dos horas. Llega tarde, su abuela ya está dormida, y entiende que la postergación no siempre avisa cuando cobra.
¿Cuál final elegirías y por qué? ¿Qué “becerro con Wi-Fi” te roba más tiempo hoy?

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