Nadie recuerda el día exacto.

No hubo ceremonia, ni despedida, ni palabras solemnes. Simplemente ocurrió.
Un día dejamos de preguntar “¿por qué?”.
De niños, esa pregunta era casi un reflejo natural. ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué hay que dormir temprano? ¿Por qué Dios permite esto? ¿Por qué mamá está triste? Preguntar no era un acto de rebeldía, sino de confianza: creíamos que el mundo tenía respuestas… o al menos adultos dispuestos a buscarlas con nosotros.
Luego crecimos.
Aprendimos que hacer demasiadas preguntas incomoda. Que cuestionar retrasa. Que pensar demasiado no es práctico. Nos entrenaron para responder rápido, decidir sin dudar, avanzar sin mirar atrás. Cambiamos el “¿por qué?” por el “así es la vida”, una frase útil, económica y peligrosamente cómoda.
El problema no fue dejar de preguntar a los demás.
El verdadero quiebre fue dejar de preguntarnos a nosotros mismos.
¿Por qué hago lo que hago?
¿Por qué sigo aquí?
¿Por qué me pesa tanto el silencio?
¿Por qué ya no rezo como antes, o por qué rezo sin esperar nada?
Un día despertamos siendo adultos funcionales, productivos, ocupados… y profundamente desconectados. Llenos de respuestas técnicas, pero vacíos de sentido. Sabemos cómo, cuánto, cuándo. Pero no sabemos para qué.
La existencia se volvió un trámite. La fe, un recuerdo. La familia, una rutina. Y el pensamiento, un lujo para cuando “haya tiempo”.
Tal vez madurar no era dejar de preguntar.
Tal vez era aprender a hacer mejores preguntas.
Porque el que deja de preguntar deja de buscar.
Y el que deja de buscar, poco a poco, deja de vivir despierto.
¿Cuándo fue la última vez que te atreviste a preguntar “por qué”… sin miedo a la respuesta?

Deja un comentario