Escucha este artículo aquí:
La humildad es la virtud clave para iniciar cualquier progreso en la vida y es el abecedario de la vida cristiana. Pero vamos a desentrañar su contenido: el humilde no se avergüenza de sí mismo ni se entristece; no conoce complejos ni mendiga autocompasión. No se perturba ni encoleriza y devuelve siempre bien por mal; no se busca a sí mismo sino que vive vuelto hacia los demás. Es capaz de perdonar y cierra las puertas al rencor y a la envidia.
El humilde aparece vestido día a día de dulzura y paciencia, de mansedumbre y fortaleza, de suavidad y vigor, de madurez y serenidad. Habita permanentemente en la morada de la paz. Su largo interior nunca está agitado por las olas de intereses personales, ansiedades, pasiones o temores. Las cuerdas de su corazón pulsan as melodías de verbos como desaparecer, desapegar, desapropiarse… le encanta la región del anonimato y el silencio. El humilde respeta todo, venera todo, no hay entre sus muros actitudes posesivas ni agresivas. No juzga, no supone, no invade las intenciones de los otros, siente los problemas ajenos como algo propio y su estilo es de alta cortesía. En resumen, trata a los demás con la misma comprensión que a sí mismo.
Día a día se ejercita en cortar las mil cabezas de la vanidad, por eso duerme en el colchón dela paz interior. Para el humilde no existe ridículo, nunca el temor llama a su puerta, le tienen sin cuidado las opiniones ajenas, nunca la tristeza asoma a su ventana. No se le caen los anillos (status) porque no los lleva. Nada de afuera ni de adentro perturba su paz. Lo malo se lo atribuye a sí mismo, lo bueno a Dios que actúa en él. Sabe que el orgullo no es una fruta venenosa, sino peor aún: es un gusano venenoso en la fruta sana.
No presume de nada porque ha matado su yo vanidoso y egoísta, y por ende no es susceptible. Se le derriba mal de la altura porque anda por el suelo. Desprendido de sí y de sus cosas, el humilde es libre como el pez, como el ave, como el viento. No se ata a nada ni a nadie. No cuentan para él los poderes, el dinero, la fama. No se deja herir fácilmente porque se anuló a sí mismo. Como no se apropia de nada – vive vacío de sí, pobre y desinstalado – habita en el reino de la armonía. Solo los humildes son libres, por ende, solo los humildes son felices.
Solo desde la humildad es posible la vida cristiana, porque la vida cristiana es amar, negarse a sí, tomar la cruz; es ser-vir y perdonar. La humildad mana de la fuente de Cristo. A ejemplo del Maestro, pasar por la vida haciendo el bien, poniéndose en la cola, asumiendo el rol de los servidores, de los que saber perder, de los que devuelven bien por mal. “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” dice Jesús (Mt. 11,29). “Dios resiste a los soberbios pero a los humildes da su gracia” (1Pedro 5,1). El camino de la humildad, además, siempre aterriza en la meta del amor. Por eso donde hay humildad hay majestad y grandeza y donde está la debilidad allí está el poder.
V.L.

Deja un comentario