Hoy entré al bar de siempre, me senté a la barra, pedí el trago de costumbre, mi mirada perdida, las manos jugando con el vaso y la mente reprochando mi destino solitario, sin un otro con quien hablar, reír, lamentar. Solo, siempre solo. Esa maldita soledad que se incorporó paulatinamente en mi vida desde que el exilio fue mi única opción. Mis estudios me ayudó a cultivar ese pasar silencioso,  el hombre sin amigos ni reuniones sociales para no comprometer  mi imparcialidad, luego el berretín de escribir que también me solicitaba aislamiento y soledad.
Me di media vuelta y en una de las mesas contra la ventana, con la mirada  encontré otra  mirada solitaria como la mía. Mirada perdida, las manos jugando con el vaso, mente ausente.
¿Por qué no?, me dije y en un alarde de audacia decidí acercarme e intentar un diálogo.
Buenas tardes, señorita. ¿Está sola?
¡Sí, estoy sola! ¡Abrumadoramente sola! ¿Y a usted qué le importa?
Na… nada. Disculpe. Un gusto –alegué y me retiré rumbo a la barra.
¡No le dije que se retirara! ¡Le dije que estoy sola! ¡No me entendió!
Sí la entendí -dije en voz baja-, por eso me retiro, no quiero molestarla.
¿Y quién dijo que me molestaba? Si alguien está solo hay que acompañarlo, ¿no? -me preguntó la mujer, mientras me miraba con ojos de paciente psiquiátrica.
Sí, es verdad -afirmé para conformarla-, pero de cualquier manera me quedaron unas cosas pendientes y…
Y nada. ¡Yo no fui a buscarlo! ¡Usted se acercó y me sacó!
¿Que la saqué? –la pregunté.
¡Me sacó! ¡Me puso loca!
No fue mi intención, mi querida amiga –le dije.
¡No soy su amiga y menos su querida! ¿Entendió?
Por supuesto, señorita. Bueno, que tenga buenas tardes, tengo que ir al lugar de dónde vine… 
¡Usted no va a ningún lado! ¡Se sienta frente a mí o armo un escándalo!
No, por favor, un escándalo no, yo me siento…, usted póngase tranquila…, ya estoy sentado.
Una no puede a venir a estar un rato tranquila y tomarse una copa, que siempre tiene que venir alguien a sacarte.
Por eso, señorita. Tiene toda la razón. Me retiro y resuelto el problema -concluí.
¡Usted no se retira! ¡Necesito un otro con quien hablar!
Bueno, me parece bien. La escucho.
¿Y usted se cree, atrevido sin nombre, que yo voy a confiar mis intimidades a un desconocido?
No, por supuesto que no. Aguarde que pago y me voy.
Dígame su nombre antes que nada.
Me llamo ADELMO…
Yo me llamo DOLORES. Ahora nos conocemos.
Claro, ahora no somos desconocidos –ratifiqué…
Pero nos conocemos hace segundos. ¡Ni se atreva a preguntarme sobre mis problemas! ¡No se atreva!
No, no lo haría nunca –aseguré, desconcertado.
… Todo fue por el berrinche del casamiento -comenzó a argumentarme DOLORES-. ¿Quién me mandó?! ¡Si los hombres después te dejan por una mujer más joven y de ti se olvidan! ¡Seguro que usted hizo lo mismo!
No, señorita. Yo soy soltero. ¡me dirigí a la moza y le dije, la cuenta por favor! –intentando fugar.
¡Usted no se va de acá! ¡A mí nadie me abandona más! ¡Así que se queda sentadito hasta que pague y salga de aquí!
La señorita volvió a mirarme con ojos de paciente psiquiátrico, quiso gritar, se dirigió a la caja, pagó, se acercó a la mesa donde yo me encontraba y apuntándome con el dedo me dijo:
¡Ni se te ocurra abandonarme! ¡Si me abandonas, PASADO, te mato!
Esperé un buen rato que la mujer se alejara y, cuando me sentí seguro, me acerqué a la barra y mientras pagaba apresurado pregunté:
¿Quién era la dama?
DOLORES –me dijo el barman-. Hace años que PASADO con quien te confundió, su marido, se fue con su mejor amiga. Nunca pudo superarlo.
Sí, me di cuenta -afirmé mientras me retiraba del bar. Desde la puerta me quedé mirando a DOLORES que cruzaba la calle a paso lerdo, la mirada en el piso, todo el peso del abandono brutal sobre sus hombros, toda la soledad vital en cada detalle. Pensé que lo malo de la soledad es quedarse en el pasado, en dolor, injusticias, errores que dejaron de estar, que ya no son.
En mi mente valoro mi presente de estudiante, de tantas cosas que me aguardan. Tanto que vivir, un ahora que debo intentar mejorar.
Sonreí… Acababa de descubrir lo plena que era mi novia soledad, subí a mi camioneta y una querida canción, injustamente ausente durante tanto tiempo de inútil tristeza, apareció en mis labios, suavemente, respetando la magia del silencio…

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