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Cuando digamos sobre el dolor debe partir de la Revelación, es decir, de la Sagrada Escritura tal y como es interpretada por la Iglesia.
Nos encontramos dentro del misterio más absoluto, y los misterios se han de aceptar y se ha de creer en ellos no por su evidencia intrínseca sino por la autoridad de Dios que los revela.
El misterio del dolor es uno de los más profundos e incomprensibles. Nos desborda, nos desconcierta… reúne todas las apariencias de la cosa más absurda de este mundo.
Tengamos en cuenta, sin embargo, que misterio y absurdo no son la misma cosa. El misterio es una verdad que supera la razón, pero no la contradice; mientras que el absurdo es una contradicción en los términos y, por tanto, algo irracional, un sinsentido.
La revelación nos enseña que el dolor no es un absurdo sino un misterio; algo que no logramos comprender porque es superior a nuestra inteligencia; pero que es racional porque Dios lo conoce, lo permite o lo quiere.
Ningún valor tiene la afirmación del niño que en su primer contacto con la aritmética dice que la trigonometría, que aún conoce y que estudiará pasados muchos años, es una ciencia absurda. Lo que para él es absurdo, no lo es de ninguna manea para el profesor, que tiene una inteligencia y una visión superior al problema.
De la misma manera sucede en el campo de la fe. Dios, que todo lo conoce y que es infinitamente superior a nosotros, nos revela verdades que nos trascienden y superan hasta el punto de parecer absurdas, pero no lo son. Él sabe por qué existen y por qué desarrollan; Él sabe cómo llevar a cabo sus planes sapientísimos e inmensos; Él conoce, y solamente Él, el porqué de la presencia del dolor y del sufrimiento en el mundo.
Por lo que a los misterios se refiere, nos ha dado una inteligencia capaz de comprender la racionalidad del acto de fe y la no contradicción del problema en los términos en los que nos ha sido revelado. Y no nos ha pedido que discutamos sino que aceptemos, que creamos, que admitamos como verdadero lo que nos aparece como tal a nuestros ojos.
Naturalmente, una actitud semejante implica un acto de confianza, un fiarnos de Dios, renunciar a nuestra propia manera de pensar para conformarnos completamente con su suprema manera de ser.
El hombre está inclinado, por su misma naturaleza, a querer darse cuenta y de una manera personal de todo cuanto ve; y no acepta de buen grado las afirmaciones que no están bien respaldadas o probadas. Las pruebas científicas dan a su espíritu investigador la confirmación definitiva de todo lo que afirma, y de ahí las discusiones, las exigencias, hasta que logran convencerlo sin posibilidad de ser desmentidas.
No sucede así, por el contrario, cuando se trata de lo que Dios nos ha revelado. Puede encontrarse, y así es realmente, una prueba científicamente cierta del hecho de la Revelación (la apologética); pero de ninguna manera se puede demostrar todo lo revelado, es decir, el objeto de la Revelación.
En la Revelación Dios se dirige a nosotros como Alguien que afirma, que revela, que pronuncia determinadas verdades; no como Quien prueba tales verdades. Y exige del hombre un acto de humildad, que es la base de su gran mérito.
Un conocimiento que permanece oscuro porque no ofrece evidencia alguna de lo que afirma, que deja siempre una zona de sombra, incluso cuando la inteligencia puede llegar a comprender algunos aspectos del misterio revelado.
Si por hipótesis se pudiera llegar a comprender completamente la razón profunda de tal misterio, no hallaríamos ya en el campo de la fe sino en el de la visión, en el de la contemplación que, según dice la misma Sagrada Escritura, no son propias de esta vida terrena.
Frente al misterio del dolor, que es el gran enigma de la vida, no hay explicaciones humanas satisfactorias y razonables y, por consiguiente, sólo pueden adoptarse dos actitudes:
  • O se considera bajo luz de la fe, con la certeza que todo cuanto acontece queda encuadrado en una visión superior, cuya racionalidad sólo Dios conoce.
  • O se debe proclamar que hay muchas cosas que son absurdas, especialmente el dolor, que se opone abiertamente a las aspiraciones naturales del hombre.
No hay más solución: o superior o absurdo. Palabras que, dichas de otra manera, suenan así: o resignación o desesperación.
La resignación, que nace en la confianza de que Quien ha permitido el mal sabrá sacar de él un bien de orden superior.
La desesperación, que es la consecuencia de pensar que somos víctimas infortunadas de un destino cruel, de una burla de pésimo gusto.
Tratemos, en consecuencia, de aceptar este inmenso misterio y, en la medida de lo posible, intentemos incluso comprenderlo.
Nos sirve de guía la Revelación, que nos abre amplios horizontes y al mismo tiempo pone límites a nuestra investigación; nos anuncia verdades luminosas a la vez que nos oculta lo que sólo en el Paraíso nos será totalmente desvelado.

 

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