Cuando algo se nos revela, normalmente se parte de la idea de que, para que se nos pueda revelar, antes eso ya existía.

Pero también vivimos la experiencia opuesta. Nos imaginamos algo y lo pensamos. Después hacemos real (“realizamos”) lo que hemos pensado. Movemos algo pensándolo. En este sentido experimentamos una revelación y nuestro pensar como creadores.
La pregunta es: ¿de dónde tenemos nosotros y de dónde tiene nuestro espíritu la capacidad de pensar de modo tal que se logre algo nuevo mediante el pensamiento? ¿Acaso viene esa capacidad de nosotros? ¿Acaso viene nuestro espíritu de nosotros? ¿O es que somos pensados así por otro espíritu, y somos lo que él ha pensado de tal modo que somos el resultado de su pensar?
Aristóteles se imaginó el espíritu así. Porque, ¿cómo puede existir algo sin que un espíritu lo piense? ¿Cómo puede existir algo antes de que ese espíritu lo piense?