Los movimientos del Espíritu son lentos. Tienen tiempo. A veces queremos adelantarnos a este tiempo y perdemos la sintonía con el tiempo verdadero, el tiempo pleno. Este tiempo es pleno porque todo lo que llega a su meta es arrastrado por él a dicha meta. Aunque este tiempo nos parezca largo y lento, lo consigue todo a su debido tiempo, todo lo que según los movimientos del Espíritu hará efecto plenamente cuando el momento sea adecuado y posible.

Por lo tanto, si vamos con los movimientos del Espíritu, esperamos hasta que ocurra lo que están moviendo. Así vemos que a menudo algo llega a su meta en el último momento, cuando el tiempo se ha cumplido y es pleno.

Tenemos que confiar en este movimiento. Pone constantemente a prueba nuestra confianza hasta que aprendamos a esperar relajados aunque el tiempo aparentemente nos presione. Nos presiona si queremos adelantarnos a él. Pero como el Espíritu siempre lleva a cabo lo que piensa, siempre llega a la meta. Pero a su tiempo, a su debido tiempo, al tiempo pleno.

¿Cómo manejamos el tiempo? Permanecemos entregados a él sabiendo que nos precede, que nos guía si esperamos con él. Esperar y andar es aquí lo mismo. Ambos permanecen en el movimiento del Espíritu.