Nada es más cobarde que fingirse valiente delante de Dios.
Cobardía y valentía son nociones enfrentadas y antagónicas. La primera es despreciada y censurable (Ap 21:8). La segunda es elogiada y deseable (Jos 1:7-9).
Con todo, a no ser que están en juego asuntos de vida o muerte, el cobarde no suele generar más que algo de fastidio en los que lo rodean, sobre todo si su cobardía se limita a asuntos triviales como, por ejemplo, el miedo a los ratones o el temor a las inyecciones, entre otros tantos. Pero lo que si puede agravar la cobardía y la percepción que otros tienen del cobarde es el fingimiento ostentoso y desafiante por el cual este presume ser valiente sin serlo. Podemos tolerar la cobardía por sí sola, pero no la cobardía unida a la hipocresía (Lc 12:1). Y esto es así porque sabemos a qué atenernos con un cobarde en una situación extrema, pero no con el que además de cobarde, es hipócrita. En otras palabras, no estamos engañados ni con expectativas irreales respecto del cobarde manifiesto, pero sí lo solemos estar en el caso del cobarde encubierto que presume de valentía, con evidente riesgo para nuestra vida si, engañados, hemos depositado nuestra confianza en quien creíamos valiente. Por eso la cobardía máxima es la del cobarde que se finge valiente. Porque aun para reconocerse cobarde se requiere algún grado de humilde valentía. Valentía mínima de la que carece el cobarde que finge. Ahora bien, el ser confrontados personalmente por un Dios justo y santo debería ser algo intimidante en grado sumo para toda persona consciente de sus limitaciones. Aquí la cobardía estaría más que justificada para todos los seres humanos y debería incluso ser la norma. Ante Dios el tratar de huir por nuestra vida sería algo de simple sentido común. Es, pues, inútil pretender resistirnos y luchar contra Dios fingiendo valentía y la única manera de triunfar cuando nos enfrentamos a Dios es, entonces, rindiéndonos por completo a Él. Porque lo único que se logra al fingir valentía ante Dios es, como en el caso del emperador romano Juliano, apodado El Apóstata, o el más reciente de José Stalin; un puño impunemente levantado al cielo, en postrero y desesperado gesto de fingida pero totalmente infructuosa valentía: El impío se ve atormentado toda su vida, el desalmado tiene los años contados […] y todo por levantar el puño contra Dios y atreverse a desafiar al Todopoderoso.


Deja un comentario