Nuestro Dios no es un Dios triste. Jesús no ha venido para amargarnos la vida. Todo lo contrario. El busca nuestra alegría, nuestra felicidad.
A los gitanos nos gustan las fiestas familiares: bautizos y casamientos. Y, por supuesto, las romerías y otras fiestas. A Jesús también le gustaban las fiestas. Ya desde pequeño acompañaba a sus padres a la fiesta de la Pascua en Jerusalén. Hizo su primer milagro con el fin de alegrar un casamiento. Celebró una gran fiesta cuando Zaqueo se convirtió.
Jesús vivía las alegrías de su pueblo. Todo lo popular le llega al corazón. Se siente contento entre la gente sencilla. Vibra con todo lo positivo de la religiosidad de su pueblo.
Podemos pensar cómo Jesús rezaba en el templo junto a los pobres, conversaba con ellos, peregrinaba con ellos, ayudándoles siempre a crecer en su fe en Dios.
Pero Jesús nunca fue fanático. El amor al pueblo no le cegaba para ver sus defectos. Por eso ayudaba a la gente para que viera los defectos de sus fiestas y pudiera corregirlos.
A Jesús no le gustaba, por ejemplo, que la gente en una fiesta se contentara sólo con asistir a una ceremonia. Y habla muy mal de los que se aprovechan de las fiestas para engañar a los pobres sacándoles plata. Dice que no basta con rezar y cumplir algunas prácticas religiosas: hay que dar el primer lugar a la justicia, la misericordia y la fe. A Dios se le encuentra ante todo en el prójimo, y no tanto en los ritos, las imágenes y las procesiones.
Reflexionemos, pues, a la luz de Cristo, sobre lo bueno y lo malo de nuestras fiestas.


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