Antes de la venida de Jesús la mujer fue tratada siempre como inferior al hombre. En nuestro tiempo todavía pasa lo mismo. Pero Jesús las trató siempre como personas iguales en dignidad al hombre, aunque esa no fuere la costumbre de su pueblo. Aun a las mujeres de mala fama las trató con bondad.
En aquel tiempo en que se tenía a la mujer como a una esclava, Jesús no la desprecia, sino que reconoce su dignidad y su valor. En el Evangelio que vamos a leer, Jesús reconoce que la mujer es capaz de dialogar y entender la Palabra de Dios. Los trabajos de la casa quedan en segundo lugar.
Nosotros, en cambio, sabemos despreciar y maltratar hasta a las mujeres que más queremos: esposa e hijas. Pensamos que sólo los hombres tenemos el derecho de decidir lo que se ha de hacer en la familia. Los hombres creemos que las mujeres no saben nada, que sólo deben trabajar en sus cosas y no meterse nunca en conversaciones de hombres. Eso es lo que se llama machismo.
Si el hombre no reconoce que la mujer vale igual que él, es imposible que en el matrimonio se pongan los dos de acuerdo. Hombre y mujer somos iguales en dignidad. Que seamos distintos en muchas cosas, eso no quiere decir que uno valga más que el otro. Un billete de un peso y diez monedas de diez centavos son dos cosas distintas, pero valen lo mismo.La Virgen María fue una mujer campesina, muy servicial con todo el mundo. Pero no era una mujer de esas que se dejan dominar. Con ella todas las mujeres tenemos que hacer valer nuestra dignidad. Y como ella tenemos también que colaborar en el bien de la comunidad.


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