La gran mayoría de campesinos latinoamericanos hemos contraído matrimonio religioso. Desde ese día pusimos nuestro hogar bajo la bendición de Dios.
En el sacramento del matrimonio Cristo da su fuerza a los casados para que se amen siempre, en todas las circunstancias de la vida.
Jesús quiso participar de las alegrías de un casamiento de un pueblito llamado Caná. Y está presente también ahora en todos los casamientos a los que le invitan. El siempre está dispuesto a realizar el gran milagro de que dure la alegría de los novios durante toda una vida.
Pero con frecuencia somos irresponsables y el egoísmo mancha nuestro matrimonio. El egoísmo es la mala hierba del matrimonio que siempre hay que estar arrancando. Por eso la necesidad de ser pacientes, de perdonarse, de ayudarse y de comprenderse.
El amor de los casados es como una planta linda pero delicada, que hay que cultivar constantemente para que llegue a crecer y dar buen fruto.
El amor comienza en el noviazgo. Pero debe crecer constantemente durante todo el tiempo. Cada vez debe ser más grande. Debemos amarnos tanto como Cristo amó a la Iglesia. La familia cristiana forma una comunidad de amor y entrega mutua del uno al otro. Los dos juntos deben estar al servicio de los demás.


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