Aquella frase de que “los Grandes mueren Jóvenes” primero es redundante y segundo, no necesariamente habla de MORIR y morir a corta edad. Y es redundante pues para ser joven necesariamente habrá la necesidad de morir al hombre viejo que habita en nosotros.

Morir es darlo todo, es decir, comprometerse con la vida en ese proyecto personal y social que vive en nuestro interior, proyecto propositivo. Se muere cuando esas sombras, costumbres y hábitos negativos quedan atrás en un pasado que decidimos no cargar más.

Morir es decidir no repetirse en esas acciones que no nos estaban dejando avanzar, morir es tomar decisiones que nos transformen en individuos de avanzada, morir es optar por la trascendencia que nos lleve a una vida que cruce el umbral de lo normal para la mayoría.

Morir es en últimas renunciar a un ayer que dividía y restaba en nuestra vida y comenzar a vivir a una existencia propositiva, marcada por una vida de altura.

Cuando un ser humano opta por vivir en la grandeza a la que fue llamado, allí mismo la juventud le reclama, independientemente de la edad que tenga. Por eso es que muere siendo joven. El ayer murió, el presente ese maravilloso espacio donde se construye su realización se llena de una juventud que le es ajena a muchos que son adultos y también que son jóvenes.

Morir es dejar lo que nos limita y nos detiene, para dar paso a una vida vivida con altura.

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