A Dios no se le puede concebir como si fuese el hombre que planifica el horario de los trenes. Si se me permite una imagen, utilizaría la del director de un casino que no pusiera interés en que todos los jugadores ganaran, pero que sentiría curiosidad por saber qué iba a pasar. Me imagino a un Dios que trata de sacar adelante el mundo tal como es. Si existe, ha renunciado a saber cuál va a ser el destino de este mundo. Para las ciencias naturales, que están guiadas por la relación entre el azar y la necesidad, es una imagen adecuada, que nos permite comprender por qué nuestra Tierra cobija tantas maravillas y, al mismo tiempo, tanto sufrimiento. Las dos cosas relacionadas de una forma inseparable. Y así hay que asumirlo. Y así hasta el final. Los seres humanos tenemos que aprender a aceptar un mundo abierto y no determinado, porque es esto lo que nos hace tremendamente responsables de nuestros actos.
El problema del mal en el mundo ha sido siempre para cualquier conciencia sensible el Problema Mayor con el que tropieza la fe en Dios. El tropiezo surge de una determinada imagen de Dios: si Dios es el creador de todo, si es todopoderoso e infinitamente bueno, ¿por qué permite el sufrimiento, por qué las catástrofes, por qué el mal, por qué la muerte? ¿No podría evitar todo eso? ¿No podría actuar para impedir los males, no podía hacer milagros para liberarnos de tanto dolor?
A veces, son las metáforas, las comparaciones, las que nos ayudan no a dar respuesta sino a preguntarnos en otra dirección. Es esto lo que hace el teólogo alemán Eugen Drewermann cuando reflexiona:
Torres mal construidas
En el evangelio de Lucas (13,4) Jesús se refiere a una torre en Siloé que al derrumbarse mató a dieciocho galileos. Cuántos desastres se evitarían si quienes “construyen torres” fueran responsables en su trabajo, si todos los trabajadores y profesionales hicieran bien las cosas que tienen que hacer. Hay mucho sufrimiento evitable en el mundo, mucho sufrimiento que nos causamos nosotros mismos y que causamos a los demás. Por eso es tan sensata y útil esa oración que se ha popularizado en diversas versiones y en distintos ambientes:
Dios, dame fuerzas para cambiar lo que es posible cambiar, dame paciencia para aceptar lo que no es posible cambiar y dame sabiduría para distinguir una cosa de la otra.


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