Para que puedan comprender el hilo del contenido del post de hoy, les invito a leer esta carta de un periodista Guatemalteco.
Dicen que estoy «amenazado de muerte»… Tal vez. Sea ello lo que fuera estoy tranquilo. Porque si me matan, no me quitarán la vida, Me la llevaré conmigo, colgando sobre el hombro, como un morral de pastor…
A quien se mata se le puede quitar todo previamente, tal como se usa hoy, dicen: los dedos de la mano, la lengua, la cabeza… Se le puede quemar el cuerpo con cigarrillos, se le puede aserrar, partir, destrozar, hacer picadillo… Todo se le puede hacer, y quienes me lean se conmoverán profundamente, y con razón.
Yo no me conmuevo gran cosa, porque, desde niño, alguien sopló a mis oídos una verdad inconmovible que es, al mismo tiempo, una invitación a la eternidad: «No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden quitar la vida».
La vida -la verdadera vida- se ha fortalecido en mí cuando, a través de Pierre Teilhard de Chardín, aprendí a leer el Evangelio: el proceso de la Resurrección empieza por la primera arruga que nos sale en la cara; con la primera mancha de vejez que aparece en nuestras manos; con la primera cana que sorprendemos en nuestra cabeza un día cualquiera, peinándonos; con el primer suspiro de nostalgia por un mundo que se deslíe y se aleja, de pronto, frente a nuestros ojos…
Así empieza la resurrección. Así empieza no eso tan incierto que algunos llaman «la otra vida», pero que en realidad no es la «otra vida», sino la vida «otra»…
Dicen que estoy amenazado a muerte… De muerte corporal a la que amó Francisco.
¿Quién no está «amenazado de muerte?» lo estamos todos desde que nacemos. Porque nacer es un poco sepultarse también…
Amenazado de muerte. ¿Y qué? Si así fuere, los perdono anticipadamente. Que mi cruz sea una perfecta geometría de amor, desde la que puedas seguir amando, hablando, escribiendo y haciendo sonreir, de vez en cuando, a todos mis hermanos los hombres.
Que estoy amenazado de muerte… Hay en la advertencia un error conceptual. Ni yo ni nadie estamos amenazados de muerte. Estamos amenazados de vida, amenazados de esperanza, amenazados de amor…
Estamos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de muerte. Estamos «amenazados» de resurrección. Porque además del Camino y de la Verdad, es el de la Vida, aunque esté crucificada en la cumbre del basusero del Mundo…
(Un periodista guatemalteco)
Después de esta conmovedora carta, pienso que para poder dar una respuesta a la pregunta del título también hay una idea muy hermosa del teólogo brasileño, Leonardo Boff, que viene a decir que: “La muerte es una verdadera Navidad; el momento en que se logra nacer definitivamente”. ¡Preciosa idea, y bien expresada! Vamos naciendo cada día, poco a poco, hasta acabar de nacer.
Lo que normalmente se suele decir, es que desde que nacemos, vamos muriendo poco a poco, hasta el momento culminante. Pero me gusta más la otra idea; tiene más sentido cristiano, porque no morimos, sino que nacemos a la verdadera Vida.
Pero hay que tener la suficiente fe para acoger esa idea, y acogerla con gozo, con esperanza y con paz. ¿Quién puede entristecerse con el nacimiento de la vida?
Si fuésemos capaces de asimilar y llegar a creer “de verdad”, todo esto, la reacción ante lo que llamamos muerte tendría que tener un signo totalmente  distinto.

A veces me pregunto, si el dolor por la muerte de alguien (sobre todo cuando es exagerado) no es una manifestación de egoísmo. Dicho así parece cruel. Creo que los sentimientos están dentro de lo normal de la naturaleza humana, sensible y lógica; pero cuando esos sentimientos sobrepasan la medida de la normalidad, empiezan, a mi parecer, a ser sospechosos de egoísmo. Me explico. Por egoísmo se entiende, simplificando, el pensar más en uno mismo que en el otro. Pues bien, si tuviésemos claro lo que supone para el que muere, el hecho de encontrarse con Dios, el haber llegado a la meta de la felicidad, el haber “acabado de nacer”, el haber encontrado una nueva vida insuperablemente mejor que la gozada y sufrida hasta entonces, nos alegraríamos por el “difunto”. Nosotros tendríamos la pena de tenerlo, temporalmente, fuera de nuestra compañía. Pero por mucha pena que esto nos costara, tendría que ser muy superior el gozo por el que ya ha llegado a su destino, si es que de verdad le queríamos.

¿Será deformación en nuestra sensibilidad o en nuestros sentimientos? ¿Será que el egoísmo vuelve a luchar por sus fueros? No sé exactamente qué es; pero tengo claro que vale la pena ir formándonos un juicio y una postura distinta ante la muerte de una persona querida: disminuir nuestro dolor por la ausencia, y aumentar nuestra alegría por la nueva situación feliz del que nos deja.
No olvidemos que morimos para vivir; y que el sentido que demos a nuestra vida, (y del valor que demos a la VIDA) depende el sentido que demos a la muerte.

Deja un comentario