Estoy sentado en un banquillo frente a una pileta ni muy bella, aunque agradable al final de cuentas. Y ahí sentado por un instante me encuentro pensando si la muerte no existiese y me imagino por estas calles de pronto caminar a los hombres de todos los siglos, dándonos codazos, sin poder alimentarnos, beber, respirar con tanta gente junta.
Y de pronto un rayo poco común se me ha iluminado la mente. Que no era del sol de madrugada por cierto.
Pensando en el más allá
Es así, la muerte no existe y aquí están todos a mi lado, el pithecanthropus erectus, los mejores literatos y músicos y santos y pecadores de todos los tiempos, mis dos abuelitas, mis amigos y jóvenes conocidos… siervos y siervas, literatos y literatas, “miembros y miembras” para el querido/a Peter Pan. Tú y los de cualquier género y mundo están ya en ese ahora también, si sabemos mirar, por muy machacados/as que estén. Y es que casi me vuelvo paulino para decir: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos son uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28)… estaba más que pensando en mi sueño, estaba durmiendo dormido.
El problema es que no puedo verlos y que están de otra manera, desde la vibración de todos en Dios. Porque esto es como una proyección temporal de una luz eterna.
Cierro los ojos y ellos danzan conmigo ahora invisibles hasta que despierte del sueño. No son fantasmas, ni muertos vivientes, ni almas en pena o gloria, son el fondo de mi en un yo que ha dejado de ser yo para ser yo en plenitud.
Y he sabido que no hay antes ni después sino el ahora de Dios. Luego la luz se esfuma y no te queda más remedio que seguir viviendo dentro de la película, esta nube que pasa.
No hay muerte: hay mudanza. Y del otro lado te espera gente maravillosa: Gandhi, Michelangelo, Whitman, San Agustín, la Madre Teresa, tu abuela y mi madre, que creía que la pobreza está más cerca del amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas, y nos aleja por que nos hace desconfiados.

Deja un comentario