La mujer le pide al amado estar lo más estrechamente unida a él. Le pide que la considere algo tan inseparable como la propia honra y credibilidad. Quiere que la tenga como algo de lo que nunca se puede deshacer, bajo pena de perder todo respeto y valor ante los demás. Ella quiere ser lo más valioso para él. La mujer se entrega por completo a él. Esta unión tan estrecha la pide franca y apasionadamente, porque está consciente de la calidad y de la fuerza del amor.El amor es arrollador como la muerte, contra la cual no hay defensa.Es irrevocable, definitivo, como el mundo de los muertos, que se apodera de todo y que nada devuelve.Es devorador como el fuego, nada lo puede extinguir, nada lo puede aplacar. El amor es electrizante e insaciable. Es fuego, es calor, es fuerza irresistible que aniquila todas las oposiciones.Contra el amor no puede nada, ni la más gigantesca de las catástrofes, ni la muerte con todas las manifestaciones, ni la seducción del dinero. El amor no es algo estancado ni rutinario, salta como la chispa, golpea como el rayo. El amor es ardor que no se calma, es movimiento continuo. El amor es fuerte y exigente. Es anhelo de exclusividad, es exigencia de estar unido para siempre. Es entereza ante todas las dificultades. Pide una vida inseparable en todas las situaciones y con todas sus consecuencias. Nada puede separar a los que se aman con un amor sin mentira.El amor es fidelidad inquebrantable. Es la expresión, es el propósito de un corazón que se ha entregado. Es lo más duro, lo más grande que existe en este mundo.Por él dijo el poeta:Ay sí, recuerdo,
ay tus ojos cerrados
como llenos por dentro de luz negra,
todo tu cuerpo como una mano abierta,
como un racimo blanco de la luna,
y el éxtasis,
cuando nos mata un rayo,
cuando un puñal nos hiere en las raíces.
(«no sólo el fuego» de «los versos del capitán»).Pero es mucho más que esto: Sólo quien acepta el amor celebrado en el Cantar de los Cantares, podrá creer en el amor de que nos habla San Pablo: «El amor no falla nunca, el amor es más valioso que la fe y que la esperanza» (1Cor 3, 8.13). «Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni soberanías, ni abismos, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes, ni alturas, ni abismos, ni ninguna otra criatura podrá privarnos de ese amor de Dios, presente en el Mesías Jesús, Señor Nuestro» (Rom. 8, 38-39).


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