Ella es lo más bello que hay en la tierra. En ella hay más belleza que la que puede tener la ciudad más bella.
Ella es hermosa y, por lo mismo, es terrible, es irresistible. Su mirada perturba y desquicia. «Me has enamorado, hermana y novia  mía, me has enamorado con una sola de tus miradas». Le dice a la amada en otro sitio «Por una mirada de tan lindos ojo, apagan sus luces las blancas estrellas» dice nuestra vieja canción. Con su mirada ella lo despertó al amor y desde entonces no puede calmarse.
El hombre, el conquistador, ante la mirada de la mujer se siente conquistado, y a ella, decidida y fuerte le implora su favor. El no se cansa no se avergüenza de repetir la fascinación que siente por su amada.

 

Su amada es sólo una, pero suya. Es sólo una, pero le pertenece a él de verdad y le pertenece todita, mientras que para el rey o sea para el que «tiene» esposas, queridas y concubinas —una mujer es sólo un corto pasatiempo. Esta clase de relación ha hecho de ella una mujer única, la ha hecho sin mancha, la ha hecho mujer. Por esta clase de relación él sabe lo que ella vale: es su torcacita, y como mujer no tiene nada que criticarle. Por eso puede ella gozar con él, por eso puede disfrutar con su amor, por eso puede hacer que él sienta con ella, con el encanto de su cuerpo, un frescor paradisiaco.

 

(El versículo 12 del capítulo 6 es el más difícil de cantar. Hasta ahora no hay explicación satisfactoria. Se cree que el texto está dañado irreparablemente, y que incluso así le pareció a un copista antiguo que escribió: «yo no entiendo»).

Deja un comentario