A estas alturas ya no juzgo necesario transcribir verso por verso del Cantar, porque si no te ha nacido la curiosidad de leerlo por tu cuenta, sale sobrando cualquier comentario sobre él.
Esta es, por supuesto, pura poesía. Es un canto de enamorados. Ella canta y él también. Canta el uno al otro, canta  a lo que han recibido del amor.
Es un amor que comienza como la vida en la primavera. Es un amor puro, discreto en ella, caballero en él.
Es un canto a la vida, es un canto al amor, que le da el sabor a la vida. 
Ella canta lo que sueña despierta. Ella deja que hablen los deseos de su corazón. Ella canta, pero no ella sola; son sus ganas de estar con él. Con los ojos y el corazón de una muchacha, con la visión y la sensibilidad de una mujer que expresa la intensidad de transparencia del amor.
No se trata de decirnos algún detalle anecdótico, de esa relación. Se trata de hacernos entender los sentimientos y los deseos limpios de una mujer.
La amada entiende con el corazón, su conocimiento se vuelve sensación y su presentimiento es de verdad un sentir de antemano lo que va a suceder.
No son ideas descarnadas, no es palabrería, lo que el canto nos trasmite; es un balbuceo de amor. Ella sabe lo que vale para su amor. Ella lo sabe apreciar; él es ágil, es agradable, es bello, es fuerte. Ella sabe reconocer la grandeza que hay en él, pero también sabe que ésta grandeza está a su servicio. Lo que aquí se expresa es la emoción, el bullicio, la impaciencia de un amor juvenil. La calma solo la recuperará con la presencia del muchacho amado. 
Lo que ella desea es un amor tan fiel y tan fuerte, que ni la distancia, ni el tiempo lo puedan separar. 
Hay un viejo dicho italiano: «el amor mata al tiempo y el tiempo mata el amor». No es un disparate, es una terrible verdad. Las dos frases son ciertas, todo depende de la clase de amor, y aquí lo que se quiere es un amor que supere todo: más fuerte que el tiempo, un amor que no conozca las distancias, que no se canse, que no se amedrente.
El poema nos habla del afuera y del adentro, de la impaciencia y de la calma. Afuera está el emocionado y ansioso joven, que ha pasado largo tiempo corriendo y brincando. Adentro está la joven quietecita, gozando con calma esta situación. Es otra vez la voz del deseo: Ella ansía que él esté a su lado, ansía sentirse amada, pero en serio, con un amor que venza todos los obstáculos. Ella quiere ser el centro de este amor tenaz. En su voz emocionada se dan la mano, el ímpetu y el deseo.
Al canto de ella sigue el canto de él, o porque él responde, o porque ella sueña que él responde. Es la voz del amado, que la incita a salir de su sueño para estar junto a él. Es la invitación a la cita, al deleite del amor: «¡Levántate, amada mía, hermana mía, ven a mí!». Es una mezcla de dolor y de alegría. El mundo es bello, con ella sería aún más bello, pero de hecho ella no está ahí. El la invita a ver y a sentir el mundo externo, pero a través de su sensibilidad. El no puede más, se vuelve limosnero de amor. El quiere vivir con ella la alegría paradisiaca. El ve que la naturaleza los puede hacer felices, pero sólo porque es una imagen de amor que tienen los dos. 
Como la primavera es un amor que comienza. Como la primavera, su amor está caracterizado por la vitalidad y el esplendor.
El corazón de la amada había olfateado la cercanía del amado. Lo había transformado en gamo y en venado. El amor la había preparado para escuchar hasta el silencio del amado.
 
Ahora él la invita a gozar las maravillas de la vida; lo triste ha pasado, llega la temporada del renuevo, de los brotes de las aves, de los cantos, del gozo del campo, del triunfo de la vida. Llega el tiempo propicio a la alegría, por eso él no puede consentir que estén separados. Está surgiendo lo que alimenta el pueblo, él quiere que no dejen de alimentar el mutuo amor.
El amor que se muestran es juvenil, tierno, primerizo. Es amor de novios, de jovencitos.

 

«Paloma mía que anidas entre
los huecos de las peñas,
en las grietas del barranco,
déjame ver tu figura,
déjame escuchar tu voz,
porque es muy dulce tu voz
y es hermosa tu figura».

 

La paloma barranqueña se caracteriza por su fidelidad y su ternura. Para él eso es ella: casta, recatada, cariñosa, sencilla.
Con el sólo hecho de verla y de oírla, él se siente contento.

 La respuesta de ella es más que clara: ella quiere la posesión mutua, la entrega total. Ella quiere que él se goce en ella y con ella, sólo que aún no ha llegado el tiempo tan deseado.

Por eso ella le pide que se vaya antes de que llegue la noche, porque la oscuridad no es lo más propicio para un amor limpio.
Algunos comentadores creen que esta interpretación rebaja al pasaje. Tal vez se deba a que para ellos es muy poca cosa el amor. ¿Qué más grandeza que este atisbo, este vislumbre, este participar con todo el ser en la capacidad divina de amar, en querer como quiere Dios?

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