ELLA: Avísame, amor de mi alma,
dónde pastoreas, dónde recuestas

 

tu ganado en la siesta,

 

para que no vaya perdida

 

por los rebaños de tus compañeros

 

EL:Si no lo sabes,

 

tú, la más bella

 

de las mujeres,

 

sigue las huellas de las ovejas

 

y lleva a pastar tus cabritos

 

en los apriscos

 

de los pastores

 

Amada, te pareces a la yegua

 

de la carroza

 

de Salomón

 

¡Qué bellas tus mejillas

 

con los aretes

 

Tu cuello con los collares!

 

Te haremos pendientes de oro

 

incrustados de plata

 

ELLA: Mientras el rey estaba en su diván

 

mi nardo despedía su perfume

 

Mi amado es para mí

 

una bolsa de mirra

 

que descansa en mis pechos

 

Mi amado es para mí

 

como un ramo florido de ciprés

 

de los jardines de Engodí.

 

EL:¡Qué hermosa eres, mi amada,

 

qué hermosa eres!

 

Tus ojos son de paloma.

 

ELLA:¡Que hermoso eres, mi amado,

 

que dulzura  y que hechizo!

 

Nuestra cama es de frondas

 

y las vigas de casa

 

son de cedro, y el techo de cipreses.

 

ELLA:Soy un narciso de Sarón

 

una azucena de la vega.

 

EL:Azucena entre las espinas

 

de mi amada entre las muchachas.

 

ELLA:Manzano entre los árboles silvestres,

 

mi amado entre los jóvenes

 

a su sombra quisiera sentarme

 

y comer de sus frutos sabrosos.

 

Me metió en su bodega

 

y contra mí enarbola

 

su bandera de amor

 

Denme fuerza con pasas

 

y vigor con manzanas:

 

¡Desfallezco de amor!

 

Ponme la mano izquierda

 

bajo la cabeza

 

y abrázame con la derecha

 

EL:¡Muchachas de Jerusalén,

 

por las venadas y las gacelas

 

de los campos

 

las conjuro,

 

que no vayan a molestar,

 

que no despierten al amor

 

hasta que él quiera!
Esta conversación de amor ha espantado a varios estudiosos y a muchísimos predicadores. Se han asustado con el atrevimiento de estos versos. Han juzgado a Dios incapaz de hablarnos de la alegría del amor. Le han querido corregir la plana a Dios.
Esto es comprensible. En diversos ambientes, en nombre de la fe le han dado la espalda al mundo, han visto las obras de la creación no con la intención amorosa y salvadora de Dios, sino con soberbia o resentimiento. A nuestra incapacidad de amor le hemos llamado hambre de Dios, y a la mezquindad la juzgamos virtud.

 

Sin amor sensible a los hombres concretos no hay amor a la creación y sin amor a la creación no hay entendimiento, no hay amor  de Dios.

 

Conviene no perder de vista, que en el Israel del Antiguo Testamento, como en nuestra sociedad actual, el hombre y la mujer de hecho no eran iguales. La mujer no valía por sí misma, valía por los hijos y las ventajas que podía darle al hombre. No se le valoraba en su singularidad. La mujer no podía expresar lo que ella sentía y quería con la misma franqueza con que lo hacía el hombre. Si expresaba claramente sus deseos, se exponía a toda clase de crítica y de reprobación. Este es otro de los aspectos de la Palabra de Dios, es ruptura, es superación de la rutina y del desgaste propio del desamor.

 

En el Cantar, la novia le dice al novio sus ganas de estar con él, libre de toda molestia y de toda crítica burlona. A pesar de que no es fácil llegar al verdadero encuentro, ella quiere estar con él. El le responde afirmativamente con una exclamación de alegría y de admiración.

 

A nosotros nos extraña la comparación de la amada con una yegua. Pero pongámonos mentalmente en otra época.

 

No había medio de transporte por tierra mejor que el caballo. Tener un buen caballo era una señal de distinción. Eran famosas las yeguas de Ramsés por las batallas de Qadesh. En un desfile triunfal la yegua del Faraón destaca por su gallardía y belleza. Al compararla con la yegua, le está diciendo que su belleza es incomparable e irresistible. Le dice que ella es su orgullo, que es digna y elegante. La respuesta del amado es un grito de admiración casi comparable a la del hombre paradisiaco al tomar conciencia de lo que es la mujer ¡carne de mi carne y hueso de mis huesos (Gén 2, 23)

 

Para él la amada merece las joyas más bellas, no porque éstas la hagan más bella, sino porque gracias a ella éstas serán más hermosas.

 

No hay nada que pueda detener esta conversación amorosa. El deseo de la amada estalla, no quiere verse privada de ese amor. Su deseo se expresa en pura música (1,12)

 

Ella quiere ser para él perfume, ella quiere agradarle y dulcificarle el ambiente y la vida toda. Ella le canta al amor que le hace feliz. Con su amor ella lo arrulla , le devuelve la tranquilidad y la inocencia. Es una especie de éxtasis. Ella lo hace nadar entre aroma de flores y perfumes. El gozo consiste en la entrega mutua. El amor los rescata de las asperezas de la vida.

 

A tanta entrega él corresponde con más amor. Para él la dulzura está en los ojos de su amada. (La paloma era el pájaro de la Diosa del amor).

 

Para ella, él es delicioso, es ameno.

 

Lo que importa es la conversación misma, más que las palabras sueltas. Cada uno habla con su propia sensibilidad, con sus propios sueños. Con el amor y la entrega mutua el mundo cambia, se transfigura la creación. Es un amor constante y perseverante, pero tierno e intenso como el de los recién casados.

 

Es un duelo de amor, es un mano a mano de amor.

 

El es su rey, él es su todo, y lo mejor que tiene ella, su encanto, su dulzura, su perfume de mujer, es para él. Porque toda su paz, toda su dicha la encuentra en él, en el abrazo carnal, en la entrega de sus cuerpos, juntos parece que están en el paraíso. Todo es armonía, todo es alegría.

 

El le contesta que su amada es única, pero se ve interrumpido por sus palabras de intensa pasión. El escucha lo que dice.

 

Estoy embriagada, estoy borracha, me desmayo con tu amor. Tú eres lo que he buscado, lo que he añorado, por lo que he sufrido, pero al encontrarme contigo cuerpo a cuerpo, sufro el éxtasis, la transformación total, no puedo controlarme, es otro mundo, es más de lo que soñé. Es algo más que la razón; no puedo expresarlo, tal vez ni vivirlo; todo lo que he buscado lo he encontrado en ti.

 

En él encuentra sombra, aroma y alimento. El es sosiego, de todo él se nutre, a él relaciona toda su vida. El la defiende, él la tranquiliza, él es un verdadero hombre. Los dos gozan del fruto del amor. En él llena ella su vida y en ella él.

 

Ella desfallece de amor. Es una experiencia fuerte, desquiciante. Pero la solución no está en la huida, sino en el sosiego de la dulzura del abrazo conyugal. Por eso le pide al él «ponme la mano izquierda bajo la cabeza y abrázame con la derecha».

 

Por eso ella quiere que nada perturbe, que nada le estorbe la intensidad de ese amor. No es una experiencia para exhibirse, ni para jugar. Es para gozar en el respeto y en la discreción. Es un misterio, es algo tan delicado y grande como el corazón.

 

Ella se ha sentido conquistada por el amor, siente la violencia del amor, cuya intensidad no había calculado. Ella siente el frenesí enloquecedor del amor. Se goza con él, y no quiere que nada profane ese gran amor.

 

Tal vez nos extrañe que un libro sagrado esté dedicado a este tema. La culpa no es del tema, sino de nosotros, que no vemos en el amor más que el desfogue. Le hemos quitado el respeto, la admiración y la entrega. En realidad hemos destrozado el amor.

 

Pensemos solamente, que el profeta Ezequiel (Cap. 16) para hablar de la lealtad de Dios hacia el pueblo, no encuentra otra realidad humana que lo explique más que una historia de amor.

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