Amigo lector, ¿has pensado seriamente que hay libros de la Biblia, escritos para leerlos despacio, para disfrutarlos, para saborearlos, para gozar la vida y para dar gracias a Dios?
¿Te has imaginado alguna vez, que en tu iglesia, en tu comunidad de oración, en tu grupo bíblico, se comente, se medite, se alabe y se festeje un cancionero de amor? Pero no de amor místico, platónico, espiritualizante, sino de amor carnal.
Tal vez esta preposición te suene a blasfemia, o tal vez estés pensando que me quiero reír de tu fe. Te parecerá así, no porque me conozcas y me catalogues de incrédulo o de volteriano, sino porque en tu experiencia no se compagina las vivencias de amor y fe carnal. Lo más seguro es que en tu comunidad cristiana hayas oído de muchos peligros, de muchas trampas que se esconden en la actividad sexual, de tal manera que has llegado asociar a ésta con la porquería, con lo animal, con lo opuesto al espíritu.
Por otra parte, día tras día te topas con un diluvio de revistas, de panfletos o de películas, de chistes, de chismes y de opiniones, en donde se te dice que la unión carnal es algo puramente fisiológico como el estornudo o es sudor. Y no sólo eso, sino que puede constatar como a la mujer se le reduce a mercancía, a animal de lujo y a instrumento de publicidad.
También puedes constatar la vulgaridad, la incapacidad para apreciar a otra persona, para comprender sus dificultades y sufrimientos, la facilidad con la que se desprecia y se abandona a otras personas, tan gentes, tan llenas de posibilidades, tan finas, tan criaturas de Dios como nosotros. Se les usa como pañuelos, como desagües, como basureros.
 
También habrás notado la soledad, la tristeza incurable, el atolondramiento, el desgaste y el desgano que se apodera de uno, cuando uno busca aprovecharse del cuerpo, de los sentimientos, de la delicadeza o de la miseria de otra gente.
 
Las falsas salidas para enmascarar este desastre no te son desconocidas: la borrachera, la droga, el cinismo, la burla, el engreimiento.
 
Podemos decir, que mordimos la fruta prohibida, pensando hallar un nuevo paraíso, y sólo nos encontramos con la desnudez de la miseria.

La más bella canción.- En primer lugar, el nombre te sonará tal vez poético pero extraño. No decimos el plato de los platos, la hoja de las hojas, o el verso de los versos. Cantar de los Cantares es una traducción, al pie de la letra, del hebreo «Shir Hashirim», que en buen español se dice «el más bello cantar».

Es muy difícil, que algunos pasajes, por ejemplo, el del capítulo 2, 4-7, donde se lee «me metes en la bodega y enarbolas tu bandera de amor» se puedan entender fuera de este contexto. O sea que estamos ante un libro considerado sagrado por judíos y por cristianos, que no es más que una colección de tiernos y estremecedores, alegres y nostálgicos cantos de amor.
Aquí es donde tal vez, vayamos a protestar: ¿Cómo es posible, que a un libro sagrado se le considere una colección de cantos de amor? ¿No será esto una profanación de la Palabra de Dios?
«El tema del amor personal lo domina todo. La persona es la totalidad y no un reducto espiritual incorpóreo».
El amado contempla el cuerpo amado como suma de bellezas naturales y artificiales. «Al ver los amados la belleza del cuerpo amado, descubren que el mundo es muy bueno», como en el reposo de Dios en la creación.
En este amor que no se agota en sí mismo, se presienten dos oscuridades: la muerte y el abismo sin fondo; y se descubre un fulgor: la llamarada divina. O sea, que el amor es llamarada divina, es presencia de Dios en la vida. «El amor es grande, es invencible, porque es fuego que viene de Dios. Y viene de Dios porque Dios es amor». Si el amor de esa pareja sin perder intensidad, pudiera abarcar y abrazar a todos los hombres, ese amor sería la más alta «encarnación» del amor de Dios, que ama a todos los hombres y los invita a vivir con él: ese amor encarnado se llamaría Jesús.
El amor, que canta este libro, tiene resquicios de temor, alguien lo destroza, hay sorpresas, hay fascinación temerosa, por eso no es del todo perfecto, y acordémonos de lo que nos dice San Juan: «el amor perfecto echa fuera el temor».
«Pero precisamente en su límite nos recuerda el amor sin límites, sin sombra ni recuerdo de temor, la plenitud de amar a Dios y a todo en El. Eso es lo que han cantado los místicos». Nosotros no podemos entender lo que es Dios, si hacemos a un lado lo que Dios ha creado, lo que Dios ha hecho, y este cuerpo humano y esta realidad sexual es obra de Dios, obra amorosa de Dios bondadoso, de Dios Padre, de Dios Inteligencia, de Dios Sabiduría, de Dios Amor. Si nosotros no sabemos apreciar lo que Dios ha hecho, tampoco sabremos apreciar a Dios. Por eso los invito a que lean conmigo esta maravillosa obra que se llama el Cantar de los Cantares.

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