En el Cantar de los Cantares se celebra a la mujer admirada, gozada y que se goza.
Se celebra también al hombre, que sabe conquistar, pero que todavía más, sabe respetar y admirar. Aquí el hombre es el fuerte que se vuelve limosnero de amor, que busca la alegría y el éxtasis en el cuerpo, en el encanto corporal de la mujer. Es el que acaricia y se deleita, pero también el que corresponde a los deseos de la mujer amada. El es para ella embriaguez y gozo. El Cantar de los Cantares es una glorificación poética del amor humano. De él se habla con naturalidad y sin malicia. Aquí el amor es considerado valiosísimo y benéfico, contagia de alegría y merece ser cantado.
Es cierto que en todo el Cantar ni una sola vez se menciona a Dios, pero para que Dios esté presente y para creer en El, no se ocupa estar nombrándolo. Este canto de amor, que va a contracorriente de su época y de su entorno geográfico, es un acto de fe en Dios, en su bondad creadora. Sin esta fe el Cantar no sería posible.
En nada repugna, que la revelación de Dios a los hombres, haya reforzado el amor humano. Este es un gran bien, como todo lo que Dios ha creado. Este es un don de Dios y como tal hay que celebrarlo.

En el Cantar, la alegría del amor enseña a gustar la bondad de la Creación.

El amor hace descubrir el valor único de la persona. Establece entre el hombre y la mujer una igualdad verdadera, le da consistencia de la ternura, que renueva constantemente el amor de los esposos.

El Cantar incita no al amor libre. En él, el hombre y la mujer valen por lo que son. En él, el hombre y la mujer no son más que un solo ser, y el fin del amor es el amor mismo. Para él, la maravilla del amor, y con ella el Canto al amor, es algo que nunca termina.

Esta visión no viene de la nada, viene de la fe en Dios leal, en Dios que se une por puro amor a un pueblo, en Dios creador y bueno. Todo lo que Dios creó es bueno. Todo lo creado participa, de alguna manera, de la santidad divina.
Dios no se nos revela para hacernos sufrir aún más, sino para llenarnos de alegría.
El hombre y la mujer, con toda su realidad corporal y, por lo tanto, con toda su sexualidad, son imagen de Dios y su semejanza. La sexualidad de la imagen y semejanza de Dios no es fuerza ciega, es sentimiento, es medio de unión, es ternura. Es una manera de hablar de Dios, fidelidad y ternura.
El sexo de los hijos de Dios no embrutece, humaniza. Cuando es verdadero, es un medio de acceso al paraíso, o sea a la cercanía divina.
El amor si no es libre, no es amor, y sólo un varón libre y una mujer libre se pueden amar de verdad.
El Cantar de los Cantares por su misma hechura es la Carta Magna de la liberación de la mujer y, por lo tanto, también del hombre. En la liberación del sexo de todas sus miopías y mezquindades, porque se considera como obra de Dios bondadoso y libre.
Si después de todos estos datos, nos preguntamos por el sentido religioso del Cantar, quiere decir que no creemos en Dios, revelación del amor inconcebible, sino que nos hemos esclavizado a un fetiche.

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